Ah, la Navidad... Esa divertida época llena de niños felices, con blancos copos de nieve cayendo lentamente desde el cielo y las parejitas disfrutando de románticos paseos, bien achuchados.
"Me encanta disfrutar de esa carita que pones, tan dulce, feliz, como una niña pequeña, cuando ves la luces navideñas. Disfruto tanto besándote después de sonreirme..."
Es estupenda la sensación que produce la sorpresa de una mujer cuando paseas con ella, en invierno, por el centro de la ciudad. Será, quizá, por la magia especial de estas fechas. Pero la calle está llena de gente que reencuentra ese pequeño rinconcito de su corazón donde moran sentimientos especiales; unos sentimientos que el resto del año, por desgracia, parecen estar en estado latente, adormilados, en la inmensa mayoría de las personas.
¿Por qué no dejarlos salir durante todo el año?
-Él-
martes, 23 de diciembre de 2008
sábado, 13 de diciembre de 2008
En la duchita... (dedicado)
"Son muchas cosas las que tengo en la cabeza cuando pienso en tí y en mí, en esos momentos donde dejamos libres nuestros cuerpos y se funden, formando uno sólo.
Uno de esos momentos, de los que más me gustan, tiene lugar en la ducha. En el cuarto de baño, el espacio más pequeño de la casa, donde uno se ve obligado a pegarse al otro para moverse, donde se da pie con esos roces a iniciar acercamientos más... "Intensos", digamos.
Es en la ducha donde más calor paso cuando estoy contigo; porque allí te tengo para mí, te veo desnuda y tan cerca... Veo cómo mojas tu pelo, cómo cierras los ojos y dejas que el agua, caliente, recorra tu cuerpo. Es el agua precisamente quien me provoca celos, porque es ella quien se desliza rozando tu piel, bajando por tus pechos y luego por ese abdomen que tanto me gusta besar, imaginando que un día albergará el mayor fruto que el amor puede crear. Es el agua quien toca zonas tan íntimas, tuyas, que me recuerda cuando estamos tú y yo, besándonos, y te acaricio igual, por todas partes, con la misma delicadeza que ella; esas caricias, además, son las que hacen sonrojar tus mejillas, tan suaves, dándote ese toque que, combinado con tu mirada, me vuelve loco.
Pero lo más maravilloso de esas duchas es que, cuando te observo, siempre se me escapa la misma sonrisa mientras me acerco a tí, para abrazarte y besarte, mientras el agua recorre nuestros cuerpos como si fuera uno sólo."
Dedicado a TD.
-Él-
Uno de esos momentos, de los que más me gustan, tiene lugar en la ducha. En el cuarto de baño, el espacio más pequeño de la casa, donde uno se ve obligado a pegarse al otro para moverse, donde se da pie con esos roces a iniciar acercamientos más... "Intensos", digamos.
Es en la ducha donde más calor paso cuando estoy contigo; porque allí te tengo para mí, te veo desnuda y tan cerca... Veo cómo mojas tu pelo, cómo cierras los ojos y dejas que el agua, caliente, recorra tu cuerpo. Es el agua precisamente quien me provoca celos, porque es ella quien se desliza rozando tu piel, bajando por tus pechos y luego por ese abdomen que tanto me gusta besar, imaginando que un día albergará el mayor fruto que el amor puede crear. Es el agua quien toca zonas tan íntimas, tuyas, que me recuerda cuando estamos tú y yo, besándonos, y te acaricio igual, por todas partes, con la misma delicadeza que ella; esas caricias, además, son las que hacen sonrojar tus mejillas, tan suaves, dándote ese toque que, combinado con tu mirada, me vuelve loco.
Pero lo más maravilloso de esas duchas es que, cuando te observo, siempre se me escapa la misma sonrisa mientras me acerco a tí, para abrazarte y besarte, mientras el agua recorre nuestros cuerpos como si fuera uno sólo."
Dedicado a TD.
-Él-
martes, 9 de diciembre de 2008
¡Pues claro que sí!
"No quiero estar sola. ¿Y si nunca encuentro a alguien que me ame?
Necesito cariño, amor... Que me demuestren que me aman, y que lo hagan todos los días.
No, no puedo seguir así, pero tengo miedo a no tener a nadie, nunca.
No lo sé, no sé qué hacer, cómo obrar ni tengo valor ni fuerzas para ello."
Hay algo que debes tener claro: que siempre puedes encontrar a una persona mejor. Lo único que tienes que hacer es creer en tí misma y sentarte. Sentarte para pensar en dos cosas: quién eres, qué hay en tu interior; y la otra, qué deseas, cuáles son esas cosas que necesitas de alguien con quien vas a compartir tu vida.
Estas dos cosas son igualmente importantes y definen tu persona, tus necesidades. No son nada que suponga egoismo, puesto que forman parte de tí.
¿Podrías renunciar a respirar? ¿Serías capaz de pasar una vida sin necesitar un beso? No. Y del mismo modo, no debes renunciar a aquello en lo que crees, a esos detalles que dan forma a tu personalidad y a tu corazón.
Esas dos cosas son las que tienes que fortalecer para crear ese filtro, ese pequeño muro, que aportará objetividad a tus ojos y sentidos, haciendo que no pierdas tu tiempo y cariño en gente que no te aporte lo que necesitas, sea lo que sea -eso lo defines tú-.
Sigue adelante y piensa quién eres y qué necesitas para ser feliz. Ahí reside la fórmula para encontrar a quien sea más apropiado para tí, y te haga finalmente feliz. Porque lo mereces; mereces ser feliz.
-Él-
Necesito cariño, amor... Que me demuestren que me aman, y que lo hagan todos los días.
No, no puedo seguir así, pero tengo miedo a no tener a nadie, nunca.
No lo sé, no sé qué hacer, cómo obrar ni tengo valor ni fuerzas para ello."
Hay algo que debes tener claro: que siempre puedes encontrar a una persona mejor. Lo único que tienes que hacer es creer en tí misma y sentarte. Sentarte para pensar en dos cosas: quién eres, qué hay en tu interior; y la otra, qué deseas, cuáles son esas cosas que necesitas de alguien con quien vas a compartir tu vida.
Estas dos cosas son igualmente importantes y definen tu persona, tus necesidades. No son nada que suponga egoismo, puesto que forman parte de tí.
¿Podrías renunciar a respirar? ¿Serías capaz de pasar una vida sin necesitar un beso? No. Y del mismo modo, no debes renunciar a aquello en lo que crees, a esos detalles que dan forma a tu personalidad y a tu corazón.
Esas dos cosas son las que tienes que fortalecer para crear ese filtro, ese pequeño muro, que aportará objetividad a tus ojos y sentidos, haciendo que no pierdas tu tiempo y cariño en gente que no te aporte lo que necesitas, sea lo que sea -eso lo defines tú-.
Sigue adelante y piensa quién eres y qué necesitas para ser feliz. Ahí reside la fórmula para encontrar a quien sea más apropiado para tí, y te haga finalmente feliz. Porque lo mereces; mereces ser feliz.
-Él-
¿No te das cuenta? (parte 1)
[...]
Ella era una chica alta, guapa... Tenía una figura de escándalo, con un cuerpo y unas curvas que hacían subir la temperatura y una cara tan dulce que sólo mirándola podías caer inconsciente, enamorado.
Llevaba tan sólo unos meses compartiendo oficina conmigo, y aún entonces seguía sintiendo lo mismo cuando la miraba que el primer día que entró.
La miraba, disfrutaba de ella cada vez que la tenía cerca. Sus rizos, dorados, caían de una forma armoniosa sobre su hermoso rostro, haciéndome imaginar cómo sería rozar mis labios con su delicado cutis. Suspiraba, como siempre, cuando ella se percataba de mi presencia, me miraba y sonreía.
-Él-
Ella era una chica alta, guapa... Tenía una figura de escándalo, con un cuerpo y unas curvas que hacían subir la temperatura y una cara tan dulce que sólo mirándola podías caer inconsciente, enamorado.
Llevaba tan sólo unos meses compartiendo oficina conmigo, y aún entonces seguía sintiendo lo mismo cuando la miraba que el primer día que entró.
La miraba, disfrutaba de ella cada vez que la tenía cerca. Sus rizos, dorados, caían de una forma armoniosa sobre su hermoso rostro, haciéndome imaginar cómo sería rozar mis labios con su delicado cutis. Suspiraba, como siempre, cuando ella se percataba de mi presencia, me miraba y sonreía.
-Él-
lunes, 8 de diciembre de 2008
Ya, ya lo sé... (dedicado)
"Ya, ya lo sé. Sé que era evidente que aquello no podía durar. Sé que había señales que me decían que cambiara aquella situación. Lo sé. Soy consciente de que aguanté por esperanza, por dejarlo pasar pero, sobre todo, por no verme sola.
Odio estar sola.
Veía cómo los días pasaban y aquello, que ya no era simple monotonía -ojalá lo hubiera sido-, envenenaba mi mi existencia. No paraba de buscar excusas para evitar ir a casa; no quería volver ahí, al epicentro de mi malestar, donde nuestra dolorosa relación me hacía sentir la gangrena en mis sentimientos.
Estaba tan triste, tan sola, que cualquier pequeño detalle como una sonrisa, un chiste malo o que me hicieran reir era todo un mundo, y gracias a él sorteaba unos segundos de dolor.
Tenía que poner fin a aquello, pero me costaba mucho: había tanto en juego... Por una parte estaban las familias -¿qué dirían mis padres?-, los amigos comunes, la casa... Teníamos toda una vida planificada y sentía cómo se desmoronaba minuto a minuto.
Ya no podía más.
Aquel día llegó el momento: estaba realmente cansada, harta, y además buscaba cualquier mínima excusa para decírselo, tras años así. Y llegó, el esperado momento, llegó. Saqué fuerzas del más remoto rincón de mi corazón y dí el paso, dejándole las cosas claras y liberando, por fin, mi alma.
Los miedos y temores estaban más cerca que nunca pero estaba segura que, tras demostrarme a mí misma que aún guardaba fuerzas, podría superarlo. Y que la soledad acabaría por desaparecer."
Dedicado a Susana A.
-Él-
Odio estar sola.
Veía cómo los días pasaban y aquello, que ya no era simple monotonía -ojalá lo hubiera sido-, envenenaba mi mi existencia. No paraba de buscar excusas para evitar ir a casa; no quería volver ahí, al epicentro de mi malestar, donde nuestra dolorosa relación me hacía sentir la gangrena en mis sentimientos.
Estaba tan triste, tan sola, que cualquier pequeño detalle como una sonrisa, un chiste malo o que me hicieran reir era todo un mundo, y gracias a él sorteaba unos segundos de dolor.
Tenía que poner fin a aquello, pero me costaba mucho: había tanto en juego... Por una parte estaban las familias -¿qué dirían mis padres?-, los amigos comunes, la casa... Teníamos toda una vida planificada y sentía cómo se desmoronaba minuto a minuto.
Ya no podía más.
Aquel día llegó el momento: estaba realmente cansada, harta, y además buscaba cualquier mínima excusa para decírselo, tras años así. Y llegó, el esperado momento, llegó. Saqué fuerzas del más remoto rincón de mi corazón y dí el paso, dejándole las cosas claras y liberando, por fin, mi alma.
Los miedos y temores estaban más cerca que nunca pero estaba segura que, tras demostrarme a mí misma que aún guardaba fuerzas, podría superarlo. Y que la soledad acabaría por desaparecer."
Dedicado a Susana A.
-Él-
martes, 2 de diciembre de 2008
Faldita negra (dedicado).
[...]
Esa faldita... Esa faldita me encantaba. Cada vez que se la ponía despertaba en mí los instintos más sexuales que un hombre podía sentir.
Mi imaginación volaba a toda velocidad, intentando imaginar qué le haría y cómo. Ella era el erotismo absoluto, la tentación mezclada con la carne, y siempre conseguía despertar mi llama interior. Entonces, lo único que me ataba a la humanidad eran unas irremediables ganas de hacerla sentir todo el placer que pudiera, de devolverle esa picardía, esos gestos que ella me regalaba en aquel momento.
Deseaba con todas mis ganas acercarme y, siguiendo levemente agachada, levantarle lentamente la faldita desde atrás. Entonces, sabiendo que llevaría esa ropa interior negra que tanto me gustaba quitar, mis manos se acercarían por los laterales de sus piernas, acariciando su suave y apetitosa piel, y comenzarían a bajarlas lentamente.
Ella, receptiva, encorvaría la espalda hacia abajo, marcando la forma de su culito. Y yo, que sufriría las consecuencias de llevar una ropa interior ajustada -demasiado ajustada-, respiraría hondo y trataría de mantener libre mi mente, por el momento.
Al bajarlas completamente ella separaría las piernas levemente; entonces yo, tras desnudarme entre respiraciones entrecortadas, apoyaría mi torso sobre su espalda y la acariciaría una y otra vez, incansablemente. Así permaneceríamos unos deliciosos segundos, mientras ella notaría mi creciente excitación.
Me separaría e, incorporándola mientras la abrazaba y desnudaba por la espalda, besaría sus carnosos labios.
Le dejaría puesta la faldita, aquel objeto fetiche que tanto me gustaba "usar", y volvería a ponerla en la misma postura de antes, un poquito agachada.
En ese momento mi cuerpo estaría pidiendo a gritos una cosa: a ella. Quería poseerla allí, besarla sin parar y hacerlo. Hacerlo con una pasión inigualable. Solamente tenía que hacer una cosa...
[...]
Dedicado a Karäh.
-Él-
Esa faldita... Esa faldita me encantaba. Cada vez que se la ponía despertaba en mí los instintos más sexuales que un hombre podía sentir.
Mi imaginación volaba a toda velocidad, intentando imaginar qué le haría y cómo. Ella era el erotismo absoluto, la tentación mezclada con la carne, y siempre conseguía despertar mi llama interior. Entonces, lo único que me ataba a la humanidad eran unas irremediables ganas de hacerla sentir todo el placer que pudiera, de devolverle esa picardía, esos gestos que ella me regalaba en aquel momento.
Deseaba con todas mis ganas acercarme y, siguiendo levemente agachada, levantarle lentamente la faldita desde atrás. Entonces, sabiendo que llevaría esa ropa interior negra que tanto me gustaba quitar, mis manos se acercarían por los laterales de sus piernas, acariciando su suave y apetitosa piel, y comenzarían a bajarlas lentamente.
Ella, receptiva, encorvaría la espalda hacia abajo, marcando la forma de su culito. Y yo, que sufriría las consecuencias de llevar una ropa interior ajustada -demasiado ajustada-, respiraría hondo y trataría de mantener libre mi mente, por el momento.
Al bajarlas completamente ella separaría las piernas levemente; entonces yo, tras desnudarme entre respiraciones entrecortadas, apoyaría mi torso sobre su espalda y la acariciaría una y otra vez, incansablemente. Así permaneceríamos unos deliciosos segundos, mientras ella notaría mi creciente excitación.
Me separaría e, incorporándola mientras la abrazaba y desnudaba por la espalda, besaría sus carnosos labios.
Le dejaría puesta la faldita, aquel objeto fetiche que tanto me gustaba "usar", y volvería a ponerla en la misma postura de antes, un poquito agachada.
En ese momento mi cuerpo estaría pidiendo a gritos una cosa: a ella. Quería poseerla allí, besarla sin parar y hacerlo. Hacerlo con una pasión inigualable. Solamente tenía que hacer una cosa...
[...]
Dedicado a Karäh.
-Él-
martes, 25 de noviembre de 2008
"Gula"
Nota 2.- Velas y neones.
Me encantaba aquel ambiente. El interior de la sala estaba decorado en tonos oscuros, con decenas de luces rojizas de pared, iluminando levemente en unos sugerentes rojizos las paredes principales, e insinuando la localización de los reservados, mucho menos "llamativos".
La música estaba alta, como era costumbre en estos concurridos lugares donde a aquellos que no podíamos dormir durante la noche nos gustaba acudir.
El ambiente, mezcla de aquellos sonidos repetitivos y de ritmos marcados, junto con los tonos rojizos de las luces y los cuerpos exhibiéndose lujuriosamente, me excitaba. Siempre que pasaba las grandes cortinas que separaban el pasillo de entrada de la sala principal me paraba y observaba. Me erguía y miraba con una mirada de cazadora y media sonrisa mientras con la lengua saboreaba mis propios labios.
Él era más serio, más directo; no solía ser tan expresivo cuando estudiaba el ambiente. Y eso me encantaba. Tenía una mirada fija, decidida, contundente y muy, muy sexy. Con su larga melena oscura y sus anchas espaldas, con la mirada fija, estaba increiblemente sensual. Me ponía mirarle así, sin que él me viera, de reojo, justo antes de girarse, como siempre, y decirme:
- Querida, ¿ya has decidido?
Tenía esa deliciosa mezcla de hombre decidido y caballeroso que hacía que cualquier mujer cayera al instante en sus brazos -cosa que también me gustaba mirar-.
Entonces, cogiéndome la mano de una forma sólo habitual hacía décadas, me dirigía hacia nuestro reservado: el rincón privado más separado de los demás, al final de la gran sala.
Con paso tranquilo pero decidido atravesábamos la marabunta de gente sin molestarnos en ser molestados por los movimientos de los demás, que eran manipulados sin problema alguno -una gran ventaja de nuestra condición, sin duda-, hasta llegar frente a las aterciopeladas cortinas color vino.
Retirando una de las cortinas me cedía el paso, como siempre, mientras miraba a nuestro alrededor -siempre estaba alerta, en todos los sentidos e independientemente del lugar donde estuviéramos-. En ese momento, justo antes entrar, me gustaba volver a mirarle a la cara; era esa mirada de cazador la que me enamoró y que, aún hoy, tanto tiempo después, me seguía enamorando.
Él entró después y, al soltar la cortina, la ya familiar decoración cobró importancia: había una pequeña mesa circular con algunas velas, dos copas con vino bajo dos servilletas negras con el logotipo de la discoteca, y un pequeño recipiente de cristal rojo; rodeando a la mesa había un gran sofá en forma de "u" de tapizado a juego con el color de las luces exteriores que ocupaba las tres paredes del reservado. Y sobre éste y en el suelo, sujetos por pequeños recipientes y estrategicamente colocadas, más velas que iluminaban la esancia; por último, un par de altos candelabros que sostenían velas rojas que acababan de ser prendidas por el encargado del local. El lugar estaba preparado como siempre, y con una puntualidad exquisita. El escenario perfecto para lo que allí iba a suceder.
Me encantaba aquel ambiente. El interior de la sala estaba decorado en tonos oscuros, con decenas de luces rojizas de pared, iluminando levemente en unos sugerentes rojizos las paredes principales, e insinuando la localización de los reservados, mucho menos "llamativos".
La música estaba alta, como era costumbre en estos concurridos lugares donde a aquellos que no podíamos dormir durante la noche nos gustaba acudir.
El ambiente, mezcla de aquellos sonidos repetitivos y de ritmos marcados, junto con los tonos rojizos de las luces y los cuerpos exhibiéndose lujuriosamente, me excitaba. Siempre que pasaba las grandes cortinas que separaban el pasillo de entrada de la sala principal me paraba y observaba. Me erguía y miraba con una mirada de cazadora y media sonrisa mientras con la lengua saboreaba mis propios labios.
Él era más serio, más directo; no solía ser tan expresivo cuando estudiaba el ambiente. Y eso me encantaba. Tenía una mirada fija, decidida, contundente y muy, muy sexy. Con su larga melena oscura y sus anchas espaldas, con la mirada fija, estaba increiblemente sensual. Me ponía mirarle así, sin que él me viera, de reojo, justo antes de girarse, como siempre, y decirme:
- Querida, ¿ya has decidido?
Tenía esa deliciosa mezcla de hombre decidido y caballeroso que hacía que cualquier mujer cayera al instante en sus brazos -cosa que también me gustaba mirar-.
Entonces, cogiéndome la mano de una forma sólo habitual hacía décadas, me dirigía hacia nuestro reservado: el rincón privado más separado de los demás, al final de la gran sala.
Con paso tranquilo pero decidido atravesábamos la marabunta de gente sin molestarnos en ser molestados por los movimientos de los demás, que eran manipulados sin problema alguno -una gran ventaja de nuestra condición, sin duda-, hasta llegar frente a las aterciopeladas cortinas color vino.
Retirando una de las cortinas me cedía el paso, como siempre, mientras miraba a nuestro alrededor -siempre estaba alerta, en todos los sentidos e independientemente del lugar donde estuviéramos-. En ese momento, justo antes entrar, me gustaba volver a mirarle a la cara; era esa mirada de cazador la que me enamoró y que, aún hoy, tanto tiempo después, me seguía enamorando.
Él entró después y, al soltar la cortina, la ya familiar decoración cobró importancia: había una pequeña mesa circular con algunas velas, dos copas con vino bajo dos servilletas negras con el logotipo de la discoteca, y un pequeño recipiente de cristal rojo; rodeando a la mesa había un gran sofá en forma de "u" de tapizado a juego con el color de las luces exteriores que ocupaba las tres paredes del reservado. Y sobre éste y en el suelo, sujetos por pequeños recipientes y estrategicamente colocadas, más velas que iluminaban la esancia; por último, un par de altos candelabros que sostenían velas rojas que acababan de ser prendidas por el encargado del local. El lugar estaba preparado como siempre, y con una puntualidad exquisita. El escenario perfecto para lo que allí iba a suceder.
domingo, 23 de noviembre de 2008
"Gula"
Nota 1.- Oscura noche.
Era una noche cerrada. Una de esas noches en las que sólo la luz de una luna llena alumbra una oscura y adormilada ciudad.
Caminábamos por las vacías calles de las afueras, en busca de un lugar donde poder divertirnos. Él y yo, juntos. Pero esta vez teníamos un pequeño capricho: compartir la noche con algún alma solitaria que buscara experiencias diferentes, en grupo, con una pareja dispuesta a todo con tal de pasarlo bien.
Estábamos llegando al lugar en cuestión cuando, cruzando una pequeña plaza peatonal, un famélico perro salió a nuestro encuentro, gruñendo. Paramos en seco, mirándole. Por un momento el perro levantó las orejas, dejó de jadear y gruñir y empezó a retirarse, sin dejar de mirarnos fijamente a los dos. Se quejaba, como dolido, o quizá receloso, por algo. Dio la vuelta y salió corriendo, desapareciendo calle abajo. Volvimos a emprender la marcha y pronto llegamos a una gran puerta metálica, flanqueada por dos enormes gorilas que rozarían los dos metros de altura. Ambos vestían trajes negros, con camisa blanca y corbara negra, perfectamente situada en sus anchos cuellos. Pese a ser de noche vestían gafas de sol y unos discretos micrófonos que marcaban sus mejillas. Al acercarnos giraron levemente sus cabezas y siguieron nuestros pasos hasta que estuvimos frente a ellos. Eran enormes. Incluso junto a "él", que era fuerte y de anchas espaldas, los gorilas parecían dos enormes torres.
- ¿Qué desean los señores? -dijo el más alto-.
- Entrar -dije yo, con la voz suave-.
- Me temo que debo pedirles la invitación; hoy hay una fiesta privada en el interior del local -dijo de nuevo-.
- No tenemos entrada; ni la necesitamos. Apartaos -dije-.
Mirándoles fijamente noté cómo se movían y abrían las puertas, dejándonos entrar sin causar problemas. Así... Así me gusta que responda este tipo de basura; sin rechistar. No hubieran podido hacer nada, aunque hubieran querido, porque yo les controlaba. La midada de una fémina como yo era irresistible, y eso era algo que me encantaba poner en práctica con cualquier estúpido insensato y engreído que osara pensar en mí como un trofeo. No, conmigo no era posible jugar, a no ser que yo misma quisiera. Sólo le rendía cuentas a "él", como "él" me las rendía a mí. Ambos, pese a nuestra peculiar naturaleza, sentíamos la misma unión que el resto de los mortales. Una unión que gozábamos cada instante, cada noche que compartíamos dando rienda suelta a nuestras más oscuras fantasías. Y hoy, esta noche, sería una de las más intensas.
Era una noche cerrada. Una de esas noches en las que sólo la luz de una luna llena alumbra una oscura y adormilada ciudad.
Caminábamos por las vacías calles de las afueras, en busca de un lugar donde poder divertirnos. Él y yo, juntos. Pero esta vez teníamos un pequeño capricho: compartir la noche con algún alma solitaria que buscara experiencias diferentes, en grupo, con una pareja dispuesta a todo con tal de pasarlo bien.
Estábamos llegando al lugar en cuestión cuando, cruzando una pequeña plaza peatonal, un famélico perro salió a nuestro encuentro, gruñendo. Paramos en seco, mirándole. Por un momento el perro levantó las orejas, dejó de jadear y gruñir y empezó a retirarse, sin dejar de mirarnos fijamente a los dos. Se quejaba, como dolido, o quizá receloso, por algo. Dio la vuelta y salió corriendo, desapareciendo calle abajo. Volvimos a emprender la marcha y pronto llegamos a una gran puerta metálica, flanqueada por dos enormes gorilas que rozarían los dos metros de altura. Ambos vestían trajes negros, con camisa blanca y corbara negra, perfectamente situada en sus anchos cuellos. Pese a ser de noche vestían gafas de sol y unos discretos micrófonos que marcaban sus mejillas. Al acercarnos giraron levemente sus cabezas y siguieron nuestros pasos hasta que estuvimos frente a ellos. Eran enormes. Incluso junto a "él", que era fuerte y de anchas espaldas, los gorilas parecían dos enormes torres.
- ¿Qué desean los señores? -dijo el más alto-.
- Entrar -dije yo, con la voz suave-.
- Me temo que debo pedirles la invitación; hoy hay una fiesta privada en el interior del local -dijo de nuevo-.
- No tenemos entrada; ni la necesitamos. Apartaos -dije-.
Mirándoles fijamente noté cómo se movían y abrían las puertas, dejándonos entrar sin causar problemas. Así... Así me gusta que responda este tipo de basura; sin rechistar. No hubieran podido hacer nada, aunque hubieran querido, porque yo les controlaba. La midada de una fémina como yo era irresistible, y eso era algo que me encantaba poner en práctica con cualquier estúpido insensato y engreído que osara pensar en mí como un trofeo. No, conmigo no era posible jugar, a no ser que yo misma quisiera. Sólo le rendía cuentas a "él", como "él" me las rendía a mí. Ambos, pese a nuestra peculiar naturaleza, sentíamos la misma unión que el resto de los mortales. Una unión que gozábamos cada instante, cada noche que compartíamos dando rienda suelta a nuestras más oscuras fantasías. Y hoy, esta noche, sería una de las más intensas.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Una presentación simpática.
Hoy os traemos un trocito más de la historia. Aunque alguna vez lo he comentado por encima, lo vuelvo a poner. Me gusta cómo el chico, que se presenta un poquito torpón al principio, extrae una sonrisa de la chica nada más verla. Estas cosas que, cuando las haces -sobre todo sin darte cuenta-, son muy bonitas.
[...]
"Noté cómo la gente se levantaba a mí alrededor… Debía ser ya la hora del café. Pero no. Pronto noté una mano sobre mi hombro que requería de mi atención: era el jefe. Mientras quitaba los auriculares, y aún sin enterarme de lo que me decía por el alto volumen de la música, se apartó para dejar a la vista a la nueva incorporación. ¡Y menuda incorporación! Los ojos se me abrieron como platos al verla: una chica rubia, preciosa, escandalosamente guapa y… Bueno, la verdad es que no había visto algo así más que en las películas o, como mucho, sobre la plataforma de alguna discoteca, bailando al ritmo de la estruendosa música típica de las juergas nocturnas ibicencas.
Me levanté de golpe, como llamado por mi testosterona, lo que provocó que los auriculares se me cayeran al instante, dando un fuerte tirón a mis orejas. ¡Menuda sensación de ridículo tan espantosa! Mi cara debía parecer un cromo, porque la chica empezó a reír. Aquel dulce sonido se me antojó un tanto pícaro, como si lo hiciera en parte aposta."
[...]
-Él-
[...]
"Noté cómo la gente se levantaba a mí alrededor… Debía ser ya la hora del café. Pero no. Pronto noté una mano sobre mi hombro que requería de mi atención: era el jefe. Mientras quitaba los auriculares, y aún sin enterarme de lo que me decía por el alto volumen de la música, se apartó para dejar a la vista a la nueva incorporación. ¡Y menuda incorporación! Los ojos se me abrieron como platos al verla: una chica rubia, preciosa, escandalosamente guapa y… Bueno, la verdad es que no había visto algo así más que en las películas o, como mucho, sobre la plataforma de alguna discoteca, bailando al ritmo de la estruendosa música típica de las juergas nocturnas ibicencas.
Me levanté de golpe, como llamado por mi testosterona, lo que provocó que los auriculares se me cayeran al instante, dando un fuerte tirón a mis orejas. ¡Menuda sensación de ridículo tan espantosa! Mi cara debía parecer un cromo, porque la chica empezó a reír. Aquel dulce sonido se me antojó un tanto pícaro, como si lo hiciera en parte aposta."
[...]
-Él-
Aún así, te inspiras...
No eres escritor. Pero, ¿acaso se necesita un título para expresar lo que uno siente? No, no lo creo.
No eres poeta. Aunque intentas plasmar todo lo que piensas de una forma lo más armoniosa posible -aunque con cierto temor a que alguien lo lea-, acorde con la melodía que dictan los latidos de tu corazón.
No eres artista, pero lo que realmente te importa cuando lo intentas es plasmar un trocito de tí.
No eres famoso, y apenas te conoce gente. Y aún así no dudarías en gritar lo que sientes para que todo el mundo te escuchara.
No eres muchas cosas.Aunque hay algo que sí eres: eres tú mismo, y eso nadie te lo puede quitar. Haz lo que tu corazón, tu mente y tu alma te pidan; expresa todo eso que acumulas en tu interior de la mejor posible, pero sin renunciar a tu identidad, a esa pequeña "marquita" que te identifica y que impregna todo lo que haces, convirtiéndolo en algo único. Sé único. Sé tú mismo.
-Él-
No eres poeta. Aunque intentas plasmar todo lo que piensas de una forma lo más armoniosa posible -aunque con cierto temor a que alguien lo lea-, acorde con la melodía que dictan los latidos de tu corazón.
No eres artista, pero lo que realmente te importa cuando lo intentas es plasmar un trocito de tí.
No eres famoso, y apenas te conoce gente. Y aún así no dudarías en gritar lo que sientes para que todo el mundo te escuchara.
No eres muchas cosas.Aunque hay algo que sí eres: eres tú mismo, y eso nadie te lo puede quitar. Haz lo que tu corazón, tu mente y tu alma te pidan; expresa todo eso que acumulas en tu interior de la mejor posible, pero sin renunciar a tu identidad, a esa pequeña "marquita" que te identifica y que impregna todo lo que haces, convirtiéndolo en algo único. Sé único. Sé tú mismo.
-Él-
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