Una amiga mía sonríe, pero está triste.
Una amiga mía ríe, pero por dentro llora.
Una amiga mía quiere, pero no puede, porque no le dejan.
Una amiga mía busca cariño, amor, pasión, delicadeza, calor... Busca todo tipo de sensaciones pero no obtiene nada, porque nada encuentra y nadie le da lo que quiere, lo que necesita.
Esa amiga mía mira con unos ojos tristes, con un alma a la que le falta algo. Ella se agobia, se siente sola, triste, y piensa que nunca va a encontrar aquello que tanto ansía.
Pero mi amiga se equivoca. Ella merece mucho, lo merece todo, pero las ganas de dar también todo ciegan sus ojos y no ve... No ve que ese no es su camino.
Ella debe seguir a su corazón, pero éste necesita de su cabeza para guiarle y no caer en esa oscuridad en la que ahora anda.
Yo, amiga mía, quiero sacarte de ahí. Y tiendo mi mano y pongo mi corazón y mis ganas en ella para ayudarte a salir, para guiarte y para apoyarte, para evitar que caigas una vez tras otra y dejes de sufrir; para que te des cuenta de lo mucho, muchísimo que vales, de cómo te veo y valoro, y cómo el resto del mundo deberá valorarte como persona, como mujer y como todo lo que eres.
Sé consciente de quién eres, de lo que tienes y explota lo que vales. Porque es mucho. Y porque, por eso, eres mi amiga.
Mi amiga eres tú.
-Él.
jueves, 18 de septiembre de 2008
lunes, 15 de septiembre de 2008
La chica de los perros, parte 4 y final (dedicado)
Entonces la besé. Y sentí algo tan intenso, tan cálido, que sin quererlo abrí los ojos igual que los abre un niño, despierto de repente, abrumado por una sorpresa, por una sensación nueva que no sabe cómo ni dónde catalogar. Símplemente, me abrumó. Ella, aquella chica que prácticamente acababa de conocer, era capaz de besar de una forma tal que todos los besos de mi vida, aquellos que otras chicas me habían dado, desaparecieron por completo de mi mente. Pero lo más impactante de aquello fue que ella, aunque sólo fue por un segundo, también se paró; se detuvo, como sintiéndose parte de la misma sensación, y después continuó con aquel suave presionar de sus labios contra los míos.
Yo había vuelto a cerrar los ojos para centrarme en las sensaciones que me embriagaban en ese momento, y casi me sobresalté al notar sus manos rodeando mi cintura. Ella tomó la iniciativa y yo, que quería cuidar aquello al detalle y no estropearlo soltando mis instintos más animales, dejé que hiciera.
Pasó las manos por mi espalda, arriba y abajo. Yo la abracé. Ella, al ver entonces su iniciativa correspondida, bajó las manos hasta donde la espalda pierde su nombre. En aquel sitio se entretuvo acariciándome, agarrándome, casi clavándome las uñas, para presionarme contra ella.
Aquella sensación me dio un poquito de reparo porque, como estaba "animado", me dejaba vendido ante lo que ella pudiera notar de mí.
Cuando el roce fue inevitable y ella percibió mi creciente calentón, sonrió sin separar los labios de los míos y sin abrir los ojos, como satisfecha, y comenzó a levantarme la camiseta. Yo levanté los brazos. Dejé que hiciera aquello porque, además de ser intensamente calenturiento, provocaría el desboque de mis instintos más sexuales.
Al quitarme la camiseta la lanzó al suelo; noté cómo uno de los perros -no sabía ni me importaba cual- se enzarzaba con ella, jugueteando.
Bajé mis manos recorriendo su perfil por ambos lados. Aquella cara tan dulce, tan suave, era una delicia. Llegué a la cintura y con una mano la rodeé, con fuerza, atrayéndola contra mi -ahora desnudo- torso. Ella se dejó hacer esta vez y eso me gustó. Así que decidí continuar besándola de nuevo, acariciándola con una mano la nuca mientras jugueteaba con la goma de su coleta para soltarle el pelo; con la otra mano me las apañé como pude para empezar a levantar su camiseta. Y ella, que vio que era un tanto complicado para un chico demasiado acelerado y un poquito patoso como yo, me susurró al oído:
- Es... Espera. Ya lo hago yo.
Se la notaba muy acelerada, como entrando en un estado de deseo y ansiedad por abalanzarse sobre su presa que, por suerte, era yo.
A unos centímetros de mí se empezó a levantar la camiseta con ambas manos, cruzando los brazos por delante de su esbelto cuerpo y sacándose la camiseta; las vistas no podían ser mejores. Llevaba una ropa interior deportiva y no pude evitar mirarla y, por supuesto, desear quitársela. Ella mi miró, se miró allá donde yo observaba y se pegó a mí.
- ¿Quieres que me lo quite? -dijo sonriéndome, casi rozando mis labios y mirándome primero a la boca y después a los ojos.
- S... Sí, claro que sí.
Se pegó completamente a mí mientras notaba cómo iba quitando las tiras del sujetador hasta llegar al punto en que sólo la presión entre su pecho y el mío lo mantenían en su sitio. No podía soportar el no sentirla así, sin nada de por medio, así que levanté la mano y, sin dejar de sonreirla mordiéndome el labio, tiré poquito a poco del sujetador hasta que, rozando ambos torsos, se separó de nosotros. El gesto le gustó, puesto que estaban completamente turgentes y sus mejillas se habían tornado de un rojo suave -lo que hacía que fuera más adorable si cabe-.
Cuando quise reaccionar noté cómo pasaba su mano por mi pantalón, deslizando arriba y abajo lentamente por la parte delantera, mientras la otra mano desabrichaba hábilmente el primer botón de los vaqueros que llevaba puestos. Me estaba poniendo realmente caliente y ya no podía aguantar más aquello.
Acaricié su espalda con la simple excusa de llegar a su culito y empezar a bajar sus ajustaditas mallas y dejarla a mi merced. Entonces ella me sorprendió metiendo la mano entre el pantalón y mi ropa interior; se me escapó un pequeño gemido y abrí los ojos de nuevo. Pude ver cómo su cara, de ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior -como cuando una niña pequeña disfruta de un rico y dulce helado que le acaba de comprar su padre y le pareciera el más rico del mundo-, disfrutando del momento. Ella tenía ganas, tantas como yo, de que nos tomáramos mutuamente.
Deslicé sus mallas hacia abajo y se las quité junto con la ropa interior. Ella entonces tiró de mis pantalones hasta eliminarlos de la ecuación que ambos formábamos e hizo lo mismo con los boxers que llevaba debajo. Tiró de mí hacia abajo y nos tumbamos sobre la hierba. A aquellas alturas ella podía notar perfectamente que estaba muy caliente -y yo también cómo ella estaba receptiva al acercarla entre sus piernas mientras nos tumbábamos.
Nos quedamos así durante unos segundos, mirándonos, y nos sonreimos. Aquello era bonito, realmente bonito, y no quería que acabara jamás. Deseaba tomarla en el parque y quedarnos así horas, días. Todo el tiempo que durara la eternidad.
Pero justo entonces se escucharon ladridos de perros a la entrada de nuestro peculiar fortín y, llamados por la naturaleza canina, nuestras mascotas respondieron con sendos ladridos. Oimos entonces cómo se acercaba gente, llamando a sus perros:
- ¡Roco, ven aquí! ¿Qué pasa? ¿Qué hay ahí?
Nos miramos, sorprendidos, y nuestras caras cambiaron por completo. Nos levantamos y empezamos a vestirnos a toda prisa mientras buscábamos cada prenda de ropa. Ella buscaba su camiseta y, al darme cuenta de que no la encontraba, dejé de vestirme y ayudé en la búsqueda. Pocos segundos después la localizamos colgada de una rama un poquito escondida. La alcancé, se la dí, y seguimos vistiéndonos.
En cuestión de unos segundos estábamos perfectamente vestidos, mientras notábamos cómo unas manos empezaban a separar los arbustos.
No pudimos evitarlo y nos miramos, más calmados ahora -una vez con toda la ropa colocada en su sitio- y me dijo, justo antes de que apareciera el dueño de uno de los perros por entre las ramas:
- ¿Esta noche me darás el resto del postre?
Le guiñé un ojo como confirmación y ambos miramos a la señora que empezaba a emerger de entre las ramas. Ella la saludó -debía conocerla del propio parque por coincidir con los perros durante los paseos diarios- y yo volví a mirarla. Con un poquito de suerte, además del postre podríamos compartir desayuno a la mañana siguiente.
Dedicado a Andrea.
-Él-
Yo había vuelto a cerrar los ojos para centrarme en las sensaciones que me embriagaban en ese momento, y casi me sobresalté al notar sus manos rodeando mi cintura. Ella tomó la iniciativa y yo, que quería cuidar aquello al detalle y no estropearlo soltando mis instintos más animales, dejé que hiciera.
Pasó las manos por mi espalda, arriba y abajo. Yo la abracé. Ella, al ver entonces su iniciativa correspondida, bajó las manos hasta donde la espalda pierde su nombre. En aquel sitio se entretuvo acariciándome, agarrándome, casi clavándome las uñas, para presionarme contra ella.
Aquella sensación me dio un poquito de reparo porque, como estaba "animado", me dejaba vendido ante lo que ella pudiera notar de mí.
Cuando el roce fue inevitable y ella percibió mi creciente calentón, sonrió sin separar los labios de los míos y sin abrir los ojos, como satisfecha, y comenzó a levantarme la camiseta. Yo levanté los brazos. Dejé que hiciera aquello porque, además de ser intensamente calenturiento, provocaría el desboque de mis instintos más sexuales.
Al quitarme la camiseta la lanzó al suelo; noté cómo uno de los perros -no sabía ni me importaba cual- se enzarzaba con ella, jugueteando.
Bajé mis manos recorriendo su perfil por ambos lados. Aquella cara tan dulce, tan suave, era una delicia. Llegué a la cintura y con una mano la rodeé, con fuerza, atrayéndola contra mi -ahora desnudo- torso. Ella se dejó hacer esta vez y eso me gustó. Así que decidí continuar besándola de nuevo, acariciándola con una mano la nuca mientras jugueteaba con la goma de su coleta para soltarle el pelo; con la otra mano me las apañé como pude para empezar a levantar su camiseta. Y ella, que vio que era un tanto complicado para un chico demasiado acelerado y un poquito patoso como yo, me susurró al oído:
- Es... Espera. Ya lo hago yo.
Se la notaba muy acelerada, como entrando en un estado de deseo y ansiedad por abalanzarse sobre su presa que, por suerte, era yo.
A unos centímetros de mí se empezó a levantar la camiseta con ambas manos, cruzando los brazos por delante de su esbelto cuerpo y sacándose la camiseta; las vistas no podían ser mejores. Llevaba una ropa interior deportiva y no pude evitar mirarla y, por supuesto, desear quitársela. Ella mi miró, se miró allá donde yo observaba y se pegó a mí.
- ¿Quieres que me lo quite? -dijo sonriéndome, casi rozando mis labios y mirándome primero a la boca y después a los ojos.
- S... Sí, claro que sí.
Se pegó completamente a mí mientras notaba cómo iba quitando las tiras del sujetador hasta llegar al punto en que sólo la presión entre su pecho y el mío lo mantenían en su sitio. No podía soportar el no sentirla así, sin nada de por medio, así que levanté la mano y, sin dejar de sonreirla mordiéndome el labio, tiré poquito a poco del sujetador hasta que, rozando ambos torsos, se separó de nosotros. El gesto le gustó, puesto que estaban completamente turgentes y sus mejillas se habían tornado de un rojo suave -lo que hacía que fuera más adorable si cabe-.
Cuando quise reaccionar noté cómo pasaba su mano por mi pantalón, deslizando arriba y abajo lentamente por la parte delantera, mientras la otra mano desabrichaba hábilmente el primer botón de los vaqueros que llevaba puestos. Me estaba poniendo realmente caliente y ya no podía aguantar más aquello.
Acaricié su espalda con la simple excusa de llegar a su culito y empezar a bajar sus ajustaditas mallas y dejarla a mi merced. Entonces ella me sorprendió metiendo la mano entre el pantalón y mi ropa interior; se me escapó un pequeño gemido y abrí los ojos de nuevo. Pude ver cómo su cara, de ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior -como cuando una niña pequeña disfruta de un rico y dulce helado que le acaba de comprar su padre y le pareciera el más rico del mundo-, disfrutando del momento. Ella tenía ganas, tantas como yo, de que nos tomáramos mutuamente.
Deslicé sus mallas hacia abajo y se las quité junto con la ropa interior. Ella entonces tiró de mis pantalones hasta eliminarlos de la ecuación que ambos formábamos e hizo lo mismo con los boxers que llevaba debajo. Tiró de mí hacia abajo y nos tumbamos sobre la hierba. A aquellas alturas ella podía notar perfectamente que estaba muy caliente -y yo también cómo ella estaba receptiva al acercarla entre sus piernas mientras nos tumbábamos.
Nos quedamos así durante unos segundos, mirándonos, y nos sonreimos. Aquello era bonito, realmente bonito, y no quería que acabara jamás. Deseaba tomarla en el parque y quedarnos así horas, días. Todo el tiempo que durara la eternidad.
Pero justo entonces se escucharon ladridos de perros a la entrada de nuestro peculiar fortín y, llamados por la naturaleza canina, nuestras mascotas respondieron con sendos ladridos. Oimos entonces cómo se acercaba gente, llamando a sus perros:
- ¡Roco, ven aquí! ¿Qué pasa? ¿Qué hay ahí?
Nos miramos, sorprendidos, y nuestras caras cambiaron por completo. Nos levantamos y empezamos a vestirnos a toda prisa mientras buscábamos cada prenda de ropa. Ella buscaba su camiseta y, al darme cuenta de que no la encontraba, dejé de vestirme y ayudé en la búsqueda. Pocos segundos después la localizamos colgada de una rama un poquito escondida. La alcancé, se la dí, y seguimos vistiéndonos.
En cuestión de unos segundos estábamos perfectamente vestidos, mientras notábamos cómo unas manos empezaban a separar los arbustos.
No pudimos evitarlo y nos miramos, más calmados ahora -una vez con toda la ropa colocada en su sitio- y me dijo, justo antes de que apareciera el dueño de uno de los perros por entre las ramas:
- ¿Esta noche me darás el resto del postre?
Le guiñé un ojo como confirmación y ambos miramos a la señora que empezaba a emerger de entre las ramas. Ella la saludó -debía conocerla del propio parque por coincidir con los perros durante los paseos diarios- y yo volví a mirarla. Con un poquito de suerte, además del postre podríamos compartir desayuno a la mañana siguiente.
Dedicado a Andrea.
-Él-
martes, 26 de agosto de 2008
Sacando fuerzas con el calor.
Llevo unos días sin escribir en el blog y dejando nuestra pequeña novela, a la que como habéis podido comprobar aludimos como "la historia", un poquito aparcada.
Mucho que hacer: el trabajo, la casa, aprender del día a día, esforzarse porque la soledad no cale más dentro de mí... Y lo siento, no quiero ponerme dramático. Por eso me centraré en lo que quería decir: daros las gracias.
Durante este verano hemos tenido nuevas incorporaciones; nuevas amigas lectoras que han aportado su pequeño granito de arena con sus comentarios, algunos públicos, algunos privados, otros en persona. Y queremos que sepáis que todos ellos, cada uno, y cada letra que leéis, que tecleáis o cada palabra que nos decís, son como una fresca brisa que nos da más ganas de escribir.
Por eso en los próximos días os haremos un regalito subiendo un pequeño boceto que Ella hizo cuando comenzamos con la historia, y que ha sido sin duda alguna el que más hondo ha calado en mi corazón. Es a la vez mi deseo y mi anhelo del día a día; es... Es el mejor momento que puedes compartir con una mujer a la que amas.
No quiero adelantar nada. Ella está retocándolo un poquito para que se vea mejor. Y ya, con él subido, hablaremos de él.
Gracias a todas las que estáis ahí, de todo corazón.
-Él-
Mucho que hacer: el trabajo, la casa, aprender del día a día, esforzarse porque la soledad no cale más dentro de mí... Y lo siento, no quiero ponerme dramático. Por eso me centraré en lo que quería decir: daros las gracias.
Durante este verano hemos tenido nuevas incorporaciones; nuevas amigas lectoras que han aportado su pequeño granito de arena con sus comentarios, algunos públicos, algunos privados, otros en persona. Y queremos que sepáis que todos ellos, cada uno, y cada letra que leéis, que tecleáis o cada palabra que nos decís, son como una fresca brisa que nos da más ganas de escribir.
Por eso en los próximos días os haremos un regalito subiendo un pequeño boceto que Ella hizo cuando comenzamos con la historia, y que ha sido sin duda alguna el que más hondo ha calado en mi corazón. Es a la vez mi deseo y mi anhelo del día a día; es... Es el mejor momento que puedes compartir con una mujer a la que amas.
No quiero adelantar nada. Ella está retocándolo un poquito para que se vea mejor. Y ya, con él subido, hablaremos de él.
Gracias a todas las que estáis ahí, de todo corazón.
-Él-
Sé sensible, sé tú misma.
En estos días de frialdad, sexualidad exacerbada y físico por todas partes es difícil encontrar gente, mujeres u hombres, sensibles. Esa sensibilidad, si existe, no es fácil de mostrar; habitualmente los hombres intentamos ser más rudos, más secos, cubriéndonos con una capa, creando una encapsulación sentimental que muy poco tiene que ver con lo que albergamos o intentamos esforzarnos por guardar en nuestro interior.
La mujer es diferente... Ella tiene mucha más fuerza, más energía... Mayor decisión. Y su cápsula, la cubierta que protege sus sentimientos, también está ahí. Pero hay una pequeña diferencia entre ambos: la sensibilidad de la mujer ablanda la dureza de esa coraza, mostrando más fácilmente el interior tan hermoso que muchas de ellas, de vosotras, tenéis.
Cuando ocurre, como hace poco con una de las últimas incorporaciones al círculo de esa gente a quien realmente quieres, y a la que llamaré "mi amiga", te cala en el corazón.
Estábamos hablando sobre la mujer y el hombre, sobre sentimientos y sobre el qué y el cómo. Me fijé en que sus ojos se volvían más vidriosos poco a poco y empezaba a taparse la cara, acercando las manos a los ojos para enjugarse las lágrimas que empezaban a brotar de ellos. Son esos momentos, cuando ves cómo el interior de una mujer se despliega delante de tí, cuando mejor te sientes, porque cuando esas lágrimas son sinceras, son de cariño, de afecto o de amistad, de comprensión o sinceridad, de impresión o sencillamente de empatía, sabes que has ganado, como mínimo, a una buena amiga. Una amiga que te escuchará y te brindará el segundo mejor tesoro que una mujer puede darte: su sincera amistad.
Por eso desde aquí, en mi pequeño y solitario ático, te doy las gracias, amiga mía.
-Él-
La mujer es diferente... Ella tiene mucha más fuerza, más energía... Mayor decisión. Y su cápsula, la cubierta que protege sus sentimientos, también está ahí. Pero hay una pequeña diferencia entre ambos: la sensibilidad de la mujer ablanda la dureza de esa coraza, mostrando más fácilmente el interior tan hermoso que muchas de ellas, de vosotras, tenéis.
Cuando ocurre, como hace poco con una de las últimas incorporaciones al círculo de esa gente a quien realmente quieres, y a la que llamaré "mi amiga", te cala en el corazón.
Estábamos hablando sobre la mujer y el hombre, sobre sentimientos y sobre el qué y el cómo. Me fijé en que sus ojos se volvían más vidriosos poco a poco y empezaba a taparse la cara, acercando las manos a los ojos para enjugarse las lágrimas que empezaban a brotar de ellos. Son esos momentos, cuando ves cómo el interior de una mujer se despliega delante de tí, cuando mejor te sientes, porque cuando esas lágrimas son sinceras, son de cariño, de afecto o de amistad, de comprensión o sinceridad, de impresión o sencillamente de empatía, sabes que has ganado, como mínimo, a una buena amiga. Una amiga que te escuchará y te brindará el segundo mejor tesoro que una mujer puede darte: su sincera amistad.
Por eso desde aquí, en mi pequeño y solitario ático, te doy las gracias, amiga mía.
-Él-
viernes, 8 de agosto de 2008
Ay, el veranito, el veranito...
El veranito... La época más "caliente" del año; las mujeres se exhiben, los hombres muestran su cuerpo... Todos estamos más, digamos, receptivos. Y de vacaciones, claro. Por eso, por estar de vacaciones, os escribimos un poquito menos. Pero, ¿cuál es el aspecto positivo de esto? Pues que estamos avanzando más en la novela, y que tenemos nuevos dibujos -sí, alguno caerá por aquí- que incluiremos. Por cierto, alguno bastante "caliente", como está siendo este veranito.
Pasadlo bien. Nosotros, como siempre, os reservamos un rinconcito aquí.
-Él-
Pasadlo bien. Nosotros, como siempre, os reservamos un rinconcito aquí.
-Él-
lunes, 21 de julio de 2008
La chica de los perros, parte 3 (dedicado)
[...]
Avanzábamos entre los árboles, cogidos de la mano, a la sombra de enormes pinos y discretos arbustos en flor. Ella andaba con paso firme, rápido, ondeando su oscura y larga melena mientras yo, como un pícaro chaval, observaba con detalle cada curva de su cuerpo; así, de espaldas, tenía una pinta estupenda -y un culo de lo más pecaminoso, todo sea dicho-.
El lago quedaba ya bastante lejos y nos acercábamos a la rosaleda, cerca del paseo central. Poco a poco dejamos atrás la zona más transitada y entramos entre unos arbustos que marcaban el inicio de una pendiente bastante empinada; a media altura había un matorral de unos dos metros y medio, bastante ancho además, y muy frondoso. Delante de aquella espesura ella paró, haciendo detenerse a ambos canes; Tico, mi perro, parecía estar más a gusto siguiendo las órdenes de aquella fémina que las de su propio amo que, para mi desgracia, era yo.
- Aquí es -dijo, girando sobre sí misma y dedicándome una picaruela sonrisa de niña pequeña.
- Pero... ¡Aquí nos va a ver todo el mundo! -dije, un tanto alarmado.
- No. No nos va a ver nadie porque... ¡Tachan!
Mientras terminaba la frase separó dos grandes y flexibles ramas, dejando a la vista una perfecta entrada al recinto más escondido y acogedor que jamás hubiera podido imaginar en el parque; aquel arbusto estaba completamente hueco por dentro, dejando un manto verde que cubría todo el suelo, muy espeso y mullido, convirtiendo ese espacio en el escondite perfecto para dos personas como nosotros. Era ideal.
- Ven conmigo. Quiero mi postre, aquí... -se sonrojó levemente y entreabrió los labios-. Y... Lo quiero... -noté cómo sus pupilas se dilataron y cómo se acercaba a mí-. Lo quiero ahora.
Aquella frase me excitó tanto que se me escapó una pequeña mordidita al labio inferior, mientras me acercaba a ella. La rodeé con mis brazos por la cintura y noté cómo sus pechos se apretaban contra mí. El tacto era tan delicioso que noté cierta presión entre las piernas. Pero no, no era momento de caer ante mis instintos más animales. Ahora era el momento de besarla...
[continúa en la parte 4]
Avanzábamos entre los árboles, cogidos de la mano, a la sombra de enormes pinos y discretos arbustos en flor. Ella andaba con paso firme, rápido, ondeando su oscura y larga melena mientras yo, como un pícaro chaval, observaba con detalle cada curva de su cuerpo; así, de espaldas, tenía una pinta estupenda -y un culo de lo más pecaminoso, todo sea dicho-.
El lago quedaba ya bastante lejos y nos acercábamos a la rosaleda, cerca del paseo central. Poco a poco dejamos atrás la zona más transitada y entramos entre unos arbustos que marcaban el inicio de una pendiente bastante empinada; a media altura había un matorral de unos dos metros y medio, bastante ancho además, y muy frondoso. Delante de aquella espesura ella paró, haciendo detenerse a ambos canes; Tico, mi perro, parecía estar más a gusto siguiendo las órdenes de aquella fémina que las de su propio amo que, para mi desgracia, era yo.
- Aquí es -dijo, girando sobre sí misma y dedicándome una picaruela sonrisa de niña pequeña.
- Pero... ¡Aquí nos va a ver todo el mundo! -dije, un tanto alarmado.
- No. No nos va a ver nadie porque... ¡Tachan!
Mientras terminaba la frase separó dos grandes y flexibles ramas, dejando a la vista una perfecta entrada al recinto más escondido y acogedor que jamás hubiera podido imaginar en el parque; aquel arbusto estaba completamente hueco por dentro, dejando un manto verde que cubría todo el suelo, muy espeso y mullido, convirtiendo ese espacio en el escondite perfecto para dos personas como nosotros. Era ideal.
- Ven conmigo. Quiero mi postre, aquí... -se sonrojó levemente y entreabrió los labios-. Y... Lo quiero... -noté cómo sus pupilas se dilataron y cómo se acercaba a mí-. Lo quiero ahora.
Aquella frase me excitó tanto que se me escapó una pequeña mordidita al labio inferior, mientras me acercaba a ella. La rodeé con mis brazos por la cintura y noté cómo sus pechos se apretaban contra mí. El tacto era tan delicioso que noté cierta presión entre las piernas. Pero no, no era momento de caer ante mis instintos más animales. Ahora era el momento de besarla...
[continúa en la parte 4]
viernes, 11 de julio de 2008
Solo, en la noche...
Solo.
Solo en la noche te imagino, pero no te veo.
Solo en la noche te busco, pero no te encuentro.
Solo en la noche...
Solo en la noche te deseo, pero no te tengo.
Solo en la noche mi cuerpo busca fundirse con el tuyo, pero no puedo.
Solo en la noche acudo a mi mente para imaginarte pero no me basta, no es real; así no lo quiero.
Solo en la noche, sobre la cama, desnuda, te quiero, pero me contengo.
Porque solo estoy, en esta fría noche de invierno.
Solo sin tí, solamente... Solamente te quiero.
- Él -
Solo en la noche te imagino, pero no te veo.
Solo en la noche te busco, pero no te encuentro.
Solo en la noche...
Solo en la noche te deseo, pero no te tengo.
Solo en la noche mi cuerpo busca fundirse con el tuyo, pero no puedo.
Solo en la noche acudo a mi mente para imaginarte pero no me basta, no es real; así no lo quiero.
Solo en la noche, sobre la cama, desnuda, te quiero, pero me contengo.
Porque solo estoy, en esta fría noche de invierno.
Solo sin tí, solamente... Solamente te quiero.
- Él -
martes, 8 de julio de 2008
Desde aquí veo...
Aquí, arriba, desde las ventanas del ático; desde donde la luz del sol se refleja directamente sobre mi piel; donde mi torso, desnudo, capta el fresco aire de la media noche; desde aquí veo a los hijos del verano. Cuerpos y más cuerpos, deseosos de mostrar, de insinuar o de, sencillamente, rozar el límite entre ambas cosas. Todos ellos recorren las calles, disfrutan del buen tiempo y obligan a deleitarse a los ojos del pobre humano que, en su ignorancia, mantiene la vista pegada al suelo o a lugares más carnales del cuerpo de una mujer.
Ah, las mujeres... Cuerpos bonitos, todos ellos, cada uno con un "algo" especial. Sean como sean, cada una de ellas tiene un detalle que la convierte en única. Pero eso pasa a ser un tema secundario, ya que las hormonas se encargan de filtrar la valiosa información y guiar la mirada hacia el pecho, el culo o lugares que poco lugar dan a nuestra querida imaginación.
Desde aquí veo bien el ritual del "ataque y defensa", de "acoso y derribo" a que son sometidas -algunas de ellas provocando la situación para ponerse a prueba, o poner a prueba sus propios atributos-. Lástima. Porque si en lugar de olvidarse en un océano de vanalidades que acaban en un "ya te llamaré" optaran por adentrarse en una paradisíaca playa de "no me pienso separar jamás de tí", descubrirían todo un mar de sensaciones cálidas, acogedoras, llenas de una dulzura tal que sería capaz de hacerles olvidar hasta el calor del veraniego sol.
-Él-
Ah, las mujeres... Cuerpos bonitos, todos ellos, cada uno con un "algo" especial. Sean como sean, cada una de ellas tiene un detalle que la convierte en única. Pero eso pasa a ser un tema secundario, ya que las hormonas se encargan de filtrar la valiosa información y guiar la mirada hacia el pecho, el culo o lugares que poco lugar dan a nuestra querida imaginación.
Desde aquí veo bien el ritual del "ataque y defensa", de "acoso y derribo" a que son sometidas -algunas de ellas provocando la situación para ponerse a prueba, o poner a prueba sus propios atributos-. Lástima. Porque si en lugar de olvidarse en un océano de vanalidades que acaban en un "ya te llamaré" optaran por adentrarse en una paradisíaca playa de "no me pienso separar jamás de tí", descubrirían todo un mar de sensaciones cálidas, acogedoras, llenas de una dulzura tal que sería capaz de hacerles olvidar hasta el calor del veraniego sol.
-Él-
La chica de los perros, parte 2 (dedicado)
[...]
Anduvimos unos incómodos segundos medio en silencio, sólo roto éste por los ladridos de los perros y un eventual “¡Tico, ven aquí!” que demostró mis flaquezas como entrenador canino.
Ella, la chica cuyo can mostraba una disciplina exquisita, me preguntó:
- Oye, ¿vienes a menudo por aquí?.
- Eh… Sí, prácticamente todos los días –dije, un tanto nervioso-.
- Pues no te he visto más que un par de veces.
Al decir aquellas palabras pude notar una pequeña sonrisa en sus labios; estaba claro que ella se había fijado en mí, al igual que yo en ella. A decir verdad, durante las últimas semanas había cambiado mi paseo diario frecuentemente, con el objetivo de encontrarme con ella. Pero, independientemente de qué hubiera hecho hasta la fecha, el caso era que ambos nos habíamos llamado la atención mutuamente. Eso era lo único importante en aquel momento, y la euforia sentida me llevó a decir, casi inconscientemente:
- Da igual. Cambiaba mi recorrido para ver si te encontraba.
Ella paró en seco –y su peludo acompañante también, como si fueran unidas ambas por un hilo invisible-. Entonces bajó levemente la cabeza, como mirando al suelo, sonrió de nuevo e inició la marcha, esta vez más rápido.
- Me… Me gusta oir eso. Lo cierto es que también he estado buscándote por aquí, con la cabeza donde quizá no debía –esta vez la que mostraba cierta timidez era ella-.
- Eso es… Es estupendo, porque… Porque… Bueno, ya sabes, yo… Te encuentro muy atractiva y… -las palabras no me salían. Había una especie de cable que evitaba que salieran de mi boca-. Y bueno, me gustaría… Me encantaría invitarte a esa cena.
- Me parece bien –noté un considerable cambio en su voz, más decidida-. Pero tengo una pregunta, antes de nada.
Aquella última frase vino acompañada de un grado de incertidumbre y nerviosismo típico de un quinceañero al que acaban de jugársela sus amigos, concertándole una cita con una chica que sabe que probablemente le diga que “no”.
- Qué... ¿De qué se trata? -dije, un tanto desconfiado.
- Quiero empezar por el postre... Pero quiero empezarlo ahora. Aquí. Contigo.
[continúa en la parte 3]
Anduvimos unos incómodos segundos medio en silencio, sólo roto éste por los ladridos de los perros y un eventual “¡Tico, ven aquí!” que demostró mis flaquezas como entrenador canino.
Ella, la chica cuyo can mostraba una disciplina exquisita, me preguntó:
- Oye, ¿vienes a menudo por aquí?.
- Eh… Sí, prácticamente todos los días –dije, un tanto nervioso-.
- Pues no te he visto más que un par de veces.
Al decir aquellas palabras pude notar una pequeña sonrisa en sus labios; estaba claro que ella se había fijado en mí, al igual que yo en ella. A decir verdad, durante las últimas semanas había cambiado mi paseo diario frecuentemente, con el objetivo de encontrarme con ella. Pero, independientemente de qué hubiera hecho hasta la fecha, el caso era que ambos nos habíamos llamado la atención mutuamente. Eso era lo único importante en aquel momento, y la euforia sentida me llevó a decir, casi inconscientemente:
- Da igual. Cambiaba mi recorrido para ver si te encontraba.
Ella paró en seco –y su peludo acompañante también, como si fueran unidas ambas por un hilo invisible-. Entonces bajó levemente la cabeza, como mirando al suelo, sonrió de nuevo e inició la marcha, esta vez más rápido.
- Me… Me gusta oir eso. Lo cierto es que también he estado buscándote por aquí, con la cabeza donde quizá no debía –esta vez la que mostraba cierta timidez era ella-.
- Eso es… Es estupendo, porque… Porque… Bueno, ya sabes, yo… Te encuentro muy atractiva y… -las palabras no me salían. Había una especie de cable que evitaba que salieran de mi boca-. Y bueno, me gustaría… Me encantaría invitarte a esa cena.
- Me parece bien –noté un considerable cambio en su voz, más decidida-. Pero tengo una pregunta, antes de nada.
Aquella última frase vino acompañada de un grado de incertidumbre y nerviosismo típico de un quinceañero al que acaban de jugársela sus amigos, concertándole una cita con una chica que sabe que probablemente le diga que “no”.
- Qué... ¿De qué se trata? -dije, un tanto desconfiado.
- Quiero empezar por el postre... Pero quiero empezarlo ahora. Aquí. Contigo.
[continúa en la parte 3]
jueves, 3 de julio de 2008
La chica de los perros, parte 1 (dedicado).
[...]
Solía pasear a Tico, mi border collie blanco y negro, por el parque de El Retiro.
Aquel medio día de Mayo hacía bastante calor, y por ello decidí ponerme una ropa un poquito más cómoda. Además, así podría correr un poco, con Tico a mi lado, como solíamos hacer cuando llegaba el buen tiempo. Así que, una vez vestido y dispuesto, ambos partimos hacia el parque.
Al llegar me dí cuenta de que había muy poca gente, algo poco habitual pese a lo soleado del día. Y esas condiciones eran ideales para disfrutar del precioso espectáculo que ofrecía mi peludo amigo cuando correteaba arriba y abajo, arrastrándose por la hierba mientras acechaba a algún desvalido pájaro, o cuando saltaba los setos que bordeaban los numerosos caminos del parque.
[...]
Llevaba ya un rato corriendo y decidí parar. Además, así Tico podría refrescarse un poco bebiendo agua en la fuente, mientras empapaba mi camiseta con agua. Entonces la volví a ver.
Detrás de unos arbustos, hablando con una señora de cuarenta y tantos, estaba ella: una chica preciosa, alta, de ojos verdosos, morena... Con unas curvas muy pronunciadas, una cintura estrechita... Vestía con prendas oscuras: una camiseta de tirantes negra ceñida y una especie de mallas, también negras, que le llegaban por la rodilla; unas deportivas y las gafas de sol, que llevaba sujetándole el pelo mientras hablaba con la mujer completaban el atuendo.
Sonreía. No gesticulaba demasiado. Sus gestos, suaves pero seguros, me inspiraban una persona que sentía cada momento, que vivía la vida, que necesitaba incluso sentir el aire acercarse, rozar su piel y volver a alejarse.
Quedé embobado durante unos segundos hasta que Tico ladró. Y ella se giró y me vió. Parecía haberse quedado mirando a Tico y luego a mí. Se volvió a girar, se despidió de su compañera de charla y comenzó a caminar hacia mí mientras se bajaba las gafas de sol. Entonces me percaté de que a su lado, escoltándola como si de un guardaespaldas perfectamente sincronizado se tratara, caminaba un rough collie -recordaba a Lassie, aquella perrita de series y películas-. Ambas andaban con paso firme, erguidas, decididas. Y cuando llegó a mí paró, se levantó las gafas, sujetando de nuevo el pelo y me dijo, regalándome una sonrisa:
- ¡Hola!
- Ho... Hola -respondí.
- Imagino que es tuyo, ¿verdad? ¿Cómo se llama? Es que es precioso...
- P... Pues sí, es mío. Se llama Tico y somos buenos amigos. ¿Y la tuya?
- Se llama Mila, pero no es mía. Soy educadora y aprovecho para pasear a mis peludos alumnos cuando los tengo más o menos entrenados, para que vayan cogiendo confianza con el entorno y no se fijen en nada más que en quien les lleva de paseo. Es algo un poco complicado y no te quiero aburrir...
- No, no te preocupes, no me aburre. Además, este gruñón a veces necesita un poquito de mano dura, porque no me hace demasiado caso. Así que si aprendo algo que pueda aplicar con él...
- Bueno pues, si quieres -sonrió, y me pareció leer en sus ojos un pequeño brillo de picardía-, yo te puedo echar una mano. Los border collie son bastante buenos para entrenar. Y el tuyo, concretamente -miró a Tico y le acarició detrás de las orejas; éste devolvió la carantoña frotando el lateral de la cabeza en su pierna, como pidiendo más. Me dió un poco de envidia-, puede hacer cosas muy impresionantes, bien entrenado.
- Ah, pues entonces me parece que tenemos mucho de qué hablar. Por cierto, ¿cómo te llamas?
- Soy Ana, ¿y tú?
- Yo Luis, encantado.
Tras los dos besos de rigor me fijé en Tico, que devolvió la mirada como diciendo "¿en qué te estás metiendo, bribón?".
- Ana, entonces... ¿Cuánto costaría que este pequeñajo me hiciera un poco de caso?
- Bueno, pues... Creo que con un paseito ahora, una cena más tarde y... Y bueno, que me sigas mirando con esos ojos que guardan un toquecito de timidez, me daría por pagada.
-Va... Vaya, entonces no hay nada más que hablar -con argumentos así, tan decididos, lo mejor era dejarse llevar; y más teniendo en cuenta que era ella la que estaba sugiriendo una cita, sin hacer falta mi patoso uso del vocabulario para conquistar a una mujer-. ¡Eres una buena negociadora!
- ¿Es que lo dudas?
Se bajó las gafas, giró sobre sus talones y comenzó a andar; yo seguía parado.
- Vamos, ¿es que no me vas a pagar? ¡Recuerda que me debes un paseo, y me gusta cobrar por adelantado!
- Eh... Esto... ¡Sí, sí, claro! ¡Vamos Tico, vamos a andar un poco! Em... ¿Tico? ¿Dónde estás?
Pero me dí la vuelta y ví que Tico, el muy mamón, ya estaba siguiéndole a ella. Creo que fue entonces cuando sonreí; bajé también mis gafas de sol y aceleré el paso para alcanzarla.
[continúa en la parte 2]
Solía pasear a Tico, mi border collie blanco y negro, por el parque de El Retiro.
Aquel medio día de Mayo hacía bastante calor, y por ello decidí ponerme una ropa un poquito más cómoda. Además, así podría correr un poco, con Tico a mi lado, como solíamos hacer cuando llegaba el buen tiempo. Así que, una vez vestido y dispuesto, ambos partimos hacia el parque.
Al llegar me dí cuenta de que había muy poca gente, algo poco habitual pese a lo soleado del día. Y esas condiciones eran ideales para disfrutar del precioso espectáculo que ofrecía mi peludo amigo cuando correteaba arriba y abajo, arrastrándose por la hierba mientras acechaba a algún desvalido pájaro, o cuando saltaba los setos que bordeaban los numerosos caminos del parque.
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Llevaba ya un rato corriendo y decidí parar. Además, así Tico podría refrescarse un poco bebiendo agua en la fuente, mientras empapaba mi camiseta con agua. Entonces la volví a ver.
Detrás de unos arbustos, hablando con una señora de cuarenta y tantos, estaba ella: una chica preciosa, alta, de ojos verdosos, morena... Con unas curvas muy pronunciadas, una cintura estrechita... Vestía con prendas oscuras: una camiseta de tirantes negra ceñida y una especie de mallas, también negras, que le llegaban por la rodilla; unas deportivas y las gafas de sol, que llevaba sujetándole el pelo mientras hablaba con la mujer completaban el atuendo.
Sonreía. No gesticulaba demasiado. Sus gestos, suaves pero seguros, me inspiraban una persona que sentía cada momento, que vivía la vida, que necesitaba incluso sentir el aire acercarse, rozar su piel y volver a alejarse.
Quedé embobado durante unos segundos hasta que Tico ladró. Y ella se giró y me vió. Parecía haberse quedado mirando a Tico y luego a mí. Se volvió a girar, se despidió de su compañera de charla y comenzó a caminar hacia mí mientras se bajaba las gafas de sol. Entonces me percaté de que a su lado, escoltándola como si de un guardaespaldas perfectamente sincronizado se tratara, caminaba un rough collie -recordaba a Lassie, aquella perrita de series y películas-. Ambas andaban con paso firme, erguidas, decididas. Y cuando llegó a mí paró, se levantó las gafas, sujetando de nuevo el pelo y me dijo, regalándome una sonrisa:
- ¡Hola!
- Ho... Hola -respondí.
- Imagino que es tuyo, ¿verdad? ¿Cómo se llama? Es que es precioso...
- P... Pues sí, es mío. Se llama Tico y somos buenos amigos. ¿Y la tuya?
- Se llama Mila, pero no es mía. Soy educadora y aprovecho para pasear a mis peludos alumnos cuando los tengo más o menos entrenados, para que vayan cogiendo confianza con el entorno y no se fijen en nada más que en quien les lleva de paseo. Es algo un poco complicado y no te quiero aburrir...
- No, no te preocupes, no me aburre. Además, este gruñón a veces necesita un poquito de mano dura, porque no me hace demasiado caso. Así que si aprendo algo que pueda aplicar con él...
- Bueno pues, si quieres -sonrió, y me pareció leer en sus ojos un pequeño brillo de picardía-, yo te puedo echar una mano. Los border collie son bastante buenos para entrenar. Y el tuyo, concretamente -miró a Tico y le acarició detrás de las orejas; éste devolvió la carantoña frotando el lateral de la cabeza en su pierna, como pidiendo más. Me dió un poco de envidia-, puede hacer cosas muy impresionantes, bien entrenado.
- Ah, pues entonces me parece que tenemos mucho de qué hablar. Por cierto, ¿cómo te llamas?
- Soy Ana, ¿y tú?
- Yo Luis, encantado.
Tras los dos besos de rigor me fijé en Tico, que devolvió la mirada como diciendo "¿en qué te estás metiendo, bribón?".
- Ana, entonces... ¿Cuánto costaría que este pequeñajo me hiciera un poco de caso?
- Bueno, pues... Creo que con un paseito ahora, una cena más tarde y... Y bueno, que me sigas mirando con esos ojos que guardan un toquecito de timidez, me daría por pagada.
-Va... Vaya, entonces no hay nada más que hablar -con argumentos así, tan decididos, lo mejor era dejarse llevar; y más teniendo en cuenta que era ella la que estaba sugiriendo una cita, sin hacer falta mi patoso uso del vocabulario para conquistar a una mujer-. ¡Eres una buena negociadora!
- ¿Es que lo dudas?
Se bajó las gafas, giró sobre sus talones y comenzó a andar; yo seguía parado.
- Vamos, ¿es que no me vas a pagar? ¡Recuerda que me debes un paseo, y me gusta cobrar por adelantado!
- Eh... Esto... ¡Sí, sí, claro! ¡Vamos Tico, vamos a andar un poco! Em... ¿Tico? ¿Dónde estás?
Pero me dí la vuelta y ví que Tico, el muy mamón, ya estaba siguiéndole a ella. Creo que fue entonces cuando sonreí; bajé también mis gafas de sol y aceleré el paso para alcanzarla.
[continúa en la parte 2]
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