[...]
Y allí estaba ella: su pelo rubio, de media melena con mechas, dejaba ver el esbelto cuello que involuntariamente lucía delante de todos los hombres, que la miraban por la calle; los ojos, claros, mostraban una profundidad atípica que esclarecía un interior plagado de sentimientos aún por descubrir; la sonrisa, divina sonrisa, que regalaba a todo aquel que quisiera dedicarle unas palabras bonitas o, mejor aún, hacerla reir; reir, y olvidar todas las penas acumuladas tras infructuosas búsquedas del calor que sólo un corazón tan cálido como el suyo podría darle. ¿Cómo es posible? Era tan difícil de creer que ella, que gozaba del favor divino de unos bonitos ojos, no encontrara alguien que supiera escucharla, que disfrutara haciéndola reir, y que pudiera vivir de tan sólo un beso suyo, que no era de extrañar la presencia de una pequeña capa protectora que ella misma vestía para evitar más daño. No, no puede ser; debe ser posible que, en algún lugar, encuentre lo que necesita que, al fin y al cabo, no es tan complicado. Porque ella sólo busca que la amen.
Dedicado a Sandra.
-Él-
domingo, 12 de octubre de 2008
Un descenso vertiginoso... (dedicado)
[...]
Y la mano bajaba lentamente por el abdómen, encontrándose con mi piel y transmitiéndome un calor delicioso que despertaba mi instinto sexual.
Él, abrazándome por la espalda, respiraba hondo; sin soltarme con su fuerte brazo se encargaba de llevar a cabo una aproximación a aquella zona que quería que conquistara.
Descendía por la zona púbica. Yo, para mostrarle mi consentimiento, separé las piernas un poquito. En aquella postura -que tanto me excitaba- él podría hacer conmigo lo que quisiera, con esa masculina mano que estaba segura que sabría manejar. Sí, ansiaba que me tocara; lo deseaba, y para demostrárselo abracé su nuca con mis manos y busqué sus labios con los míos, para besarle como si fuera a cometer el pecado más oscuro y lujurioso del mundo. Y así lo hice, esperando a que el mensaje fuera captado y su mano alcanzara el objetivo. Pero justo cuando rozaba la zona sus dedos se separaron y lo rodearon por ambos laterales, descendiendo unos centímetros. Yo, excitada, cogí su mano y la guié allá hacia donde quería que me acariciara. Pero su fuerza era imposible de vencer en aquellas circunstancias. Estaba claro que en aquel momento él "mandaba" y quería llevarme al límite. Pero no aguantaba más, así que empecé a tocarle, y a tocarme a mí misma, mientras una de sus manos agarraba con decisión el interior de mi muslo y la otra se entretenía caprichosamente con mis pechos...
[...]
Dedicado a Andrea y Cristina.
-Él-
Y la mano bajaba lentamente por el abdómen, encontrándose con mi piel y transmitiéndome un calor delicioso que despertaba mi instinto sexual.
Él, abrazándome por la espalda, respiraba hondo; sin soltarme con su fuerte brazo se encargaba de llevar a cabo una aproximación a aquella zona que quería que conquistara.
Descendía por la zona púbica. Yo, para mostrarle mi consentimiento, separé las piernas un poquito. En aquella postura -que tanto me excitaba- él podría hacer conmigo lo que quisiera, con esa masculina mano que estaba segura que sabría manejar. Sí, ansiaba que me tocara; lo deseaba, y para demostrárselo abracé su nuca con mis manos y busqué sus labios con los míos, para besarle como si fuera a cometer el pecado más oscuro y lujurioso del mundo. Y así lo hice, esperando a que el mensaje fuera captado y su mano alcanzara el objetivo. Pero justo cuando rozaba la zona sus dedos se separaron y lo rodearon por ambos laterales, descendiendo unos centímetros. Yo, excitada, cogí su mano y la guié allá hacia donde quería que me acariciara. Pero su fuerza era imposible de vencer en aquellas circunstancias. Estaba claro que en aquel momento él "mandaba" y quería llevarme al límite. Pero no aguantaba más, así que empecé a tocarle, y a tocarme a mí misma, mientras una de sus manos agarraba con decisión el interior de mi muslo y la otra se entretenía caprichosamente con mis pechos...
[...]
Dedicado a Andrea y Cristina.
-Él-
miércoles, 8 de octubre de 2008
Sobre "Ella"
Sois muchas las que habéis preguntado por "Ella", por qué hace tiempo que no escribe, y dónde está.
"Ella" está muy cerca, pero decidió tomarse un largo y merecido descanso. El día a día se hace muy duro y en ocasiones es necesario tomarse una temporada para reflexionar, descansar y dedicarse a uno mismo. "Ella"trabaja muy duro; además de ser una de las profesionales con más talento para la ilustración que conozco, la cantidad de trabajo que tiene no siempre le deja tiempo para sí misma. Por eso estará un tiempo sin escribir en el blog, aunque lo seguirá, como hace siempre, de cerca.
Ha preferido centrarse en la historia y crear las maravillosas ilustraciones que comenzó a hacer.
Así que, desde aquí, un fuerte beso para "Ella".
-Él-
"Ella" está muy cerca, pero decidió tomarse un largo y merecido descanso. El día a día se hace muy duro y en ocasiones es necesario tomarse una temporada para reflexionar, descansar y dedicarse a uno mismo. "Ella"trabaja muy duro; además de ser una de las profesionales con más talento para la ilustración que conozco, la cantidad de trabajo que tiene no siempre le deja tiempo para sí misma. Por eso estará un tiempo sin escribir en el blog, aunque lo seguirá, como hace siempre, de cerca.
Ha preferido centrarse en la historia y crear las maravillosas ilustraciones que comenzó a hacer.
Así que, desde aquí, un fuerte beso para "Ella".
-Él-
...Y volvemos
Hola de nuevo, amiga lectora.
Prometimos volver y, como habéis comprobado, lo hemos hecho con las pilas puestas y un montón de nuevas sensaciones intensas, más intensas que nunca, que compartir con vosotras.
Hemos querido incluir nuevas experiencias, nuevos relatos cortos dedicados y nuevos pensamientos. Esta vez dejamos paso a la naturalidad de las relaciones para que se unan a los más espirituales sentimientos y creen un "algo" especial. Un "algo" que nos llena, que nos gusta, y que quienes hemos tenido la gran suerte de probar no dudamos en repetir. Porque ese "algo" te llena, y cuando lo tienes, luchas con todas tus fuerzas por mantenerlo y mejorarlo. Ese algo junta muchas cosas: cariño, amor, complicidad, pasión, fogosidad, respeto, intimidad, y un larguísimo etcétera. Pues bien, querida lectora, dejemos paso a nuevas y excitantes sensaciones intensas.
¿Qué te parece?
-Él-
Prometimos volver y, como habéis comprobado, lo hemos hecho con las pilas puestas y un montón de nuevas sensaciones intensas, más intensas que nunca, que compartir con vosotras.
Hemos querido incluir nuevas experiencias, nuevos relatos cortos dedicados y nuevos pensamientos. Esta vez dejamos paso a la naturalidad de las relaciones para que se unan a los más espirituales sentimientos y creen un "algo" especial. Un "algo" que nos llena, que nos gusta, y que quienes hemos tenido la gran suerte de probar no dudamos en repetir. Porque ese "algo" te llena, y cuando lo tienes, luchas con todas tus fuerzas por mantenerlo y mejorarlo. Ese algo junta muchas cosas: cariño, amor, complicidad, pasión, fogosidad, respeto, intimidad, y un larguísimo etcétera. Pues bien, querida lectora, dejemos paso a nuevas y excitantes sensaciones intensas.
¿Qué te parece?
-Él-
Un primer gemidito
"Eso me encanta. Cuando estamos haciendo el amor, acostados, desnudos... Compartiendo todo, tocándonos... Cuando nos abrazamos y notamos las formas del cuerpo del otro sin nada de por medio. Ese delicioso momento en que la línea que separa el amor de la más pura lujuria se difumina... Ese instante en que todo cambia y mezcla nuestros cuerpos... Justo ahí, cuando emite el primer gemido, cuando expulsa el aire descontrolado y ese súbito "aaaahh" se une con el "mmm" y el "oooh". Eso... Ese gemidito me hace enloquecer".
-Él-
-Él-
La chica invisible (dedicado)
Ella era morena, de profundos ojos oscuros y una sonrisa que siempre, siempre, intentaba mantener pese a cualquier adversidad. Ella era alegre, muy alegre. Era feliz... O al menos quería serlo.
"No. No voy a contarlo todo. Soy demasiado tímida como para ir diciéndole a todo el mundo cómo soy."
Pese a que en el fondo tenía claro qué necesitaba, en muchas ocasiones se dejaba llevar por lo que todo el mundo opinaba. Cuando el potencial que tenía en su interior era suficiente para mover cualquier obstáculo y quitarlo de su camino, ella insistía en refugiarse dentro de sí misma.
"Él. Él me gusta. Es alto, rubio, de larga melena. Él me gusta, me mira de forma especial. Hace que símplemente con una sonrisa, con una mirada, con un gesto hacia mí, me sienta especial."
Ella buscaba siempre en los mismos lugares, en los mismos bares, para dejar sus esporádicos encuentros con él al margen de las manos del azar. Ella removía mares, movía montañas y tiraba de sus amigos para acabar siempre en el mismo sitio a la misma hora. Se colocaba siempre en la misma posición, mirando a la puerta de reojo y buscándole. Cada vez que la puerta se abría, ella instintivamente entreabría la boca, se ponía de puntillas y miraba.
"¿Será él? No, no es. Tampoco ahora. No puedo esperar más... ¡Necesito verle! Verle, aunque para él yo sea prácticamente invisible. Verle, aunque él no me vea. Pero necesito que... ¡Le necesito!. Sólo tenerle ahí cerca es para mí un mundo, y en él he decidido vivir, digan lo que digan los demás".
No, no se daba cuenta de que sus ilusiones hermosas, brillantes y cálidas estaban construídas sobre aire.
"Mírale, ha llegado. Ahí está, hablando con sus amigos. Me dijo aquella vez... Aquel gesto... No puede significar otra cosa más que... Sí, algo tiene que sentir. ¡Me lo dijo! Aunque luego alegara que no podía ser... No... No sé qué hacer. ¿Por qué él es así y no dice nada claro? No sé qué hacer, pero sí sé lo que quiero."
Él era el típico chico llamativo, con su melena rubia, su sonrisa y su peculiar forma de llamar la atención de ella. A él le gustaba ella, pero no como ella quería. A él le gustaba tenerla cerca, pero no del mismo modo que ella deseaba. Él quería tenerla "ahí", pendiente de él, alimentándose de su deseo, haciéndole sentir más y más grande, más importante y más deseado. Él vivía de esa ilusión que pone una mujer en un hombre; que coloca su corazón en la mano y se lo entrega a él. Y aunque él lo tirara al más sucio cubo de basura, a ella le parecería bien.
"Ojalá... Ojalá llegue ese día. El día en que me diga que me quiere, que me desea, que me necesita tanto como le necesito yo a él."
Él sólo quería jugar. Jugar con ella, con sus sentimientos, con su deseo. Quería jugar con su mirada y sentirse mejor. Necesitaba que le miraran, llamar la atención de ella... Y de todas las posibles chicas que, como ella, se fijaran en él y no pudieran verle sin máscara. Él quería jugar, y lo hacía, con toda ella. Él lo hacía, y despreciaba aquel valioso, valiosísimo regalo que ella llevaba tiempo ofreciéndole: su corazón.
Dedicado a Cristina (Andrea).
-Él-
"No. No voy a contarlo todo. Soy demasiado tímida como para ir diciéndole a todo el mundo cómo soy."
Pese a que en el fondo tenía claro qué necesitaba, en muchas ocasiones se dejaba llevar por lo que todo el mundo opinaba. Cuando el potencial que tenía en su interior era suficiente para mover cualquier obstáculo y quitarlo de su camino, ella insistía en refugiarse dentro de sí misma.
"Él. Él me gusta. Es alto, rubio, de larga melena. Él me gusta, me mira de forma especial. Hace que símplemente con una sonrisa, con una mirada, con un gesto hacia mí, me sienta especial."
Ella buscaba siempre en los mismos lugares, en los mismos bares, para dejar sus esporádicos encuentros con él al margen de las manos del azar. Ella removía mares, movía montañas y tiraba de sus amigos para acabar siempre en el mismo sitio a la misma hora. Se colocaba siempre en la misma posición, mirando a la puerta de reojo y buscándole. Cada vez que la puerta se abría, ella instintivamente entreabría la boca, se ponía de puntillas y miraba.
"¿Será él? No, no es. Tampoco ahora. No puedo esperar más... ¡Necesito verle! Verle, aunque para él yo sea prácticamente invisible. Verle, aunque él no me vea. Pero necesito que... ¡Le necesito!. Sólo tenerle ahí cerca es para mí un mundo, y en él he decidido vivir, digan lo que digan los demás".
No, no se daba cuenta de que sus ilusiones hermosas, brillantes y cálidas estaban construídas sobre aire.
"Mírale, ha llegado. Ahí está, hablando con sus amigos. Me dijo aquella vez... Aquel gesto... No puede significar otra cosa más que... Sí, algo tiene que sentir. ¡Me lo dijo! Aunque luego alegara que no podía ser... No... No sé qué hacer. ¿Por qué él es así y no dice nada claro? No sé qué hacer, pero sí sé lo que quiero."
Él era el típico chico llamativo, con su melena rubia, su sonrisa y su peculiar forma de llamar la atención de ella. A él le gustaba ella, pero no como ella quería. A él le gustaba tenerla cerca, pero no del mismo modo que ella deseaba. Él quería tenerla "ahí", pendiente de él, alimentándose de su deseo, haciéndole sentir más y más grande, más importante y más deseado. Él vivía de esa ilusión que pone una mujer en un hombre; que coloca su corazón en la mano y se lo entrega a él. Y aunque él lo tirara al más sucio cubo de basura, a ella le parecería bien.
"Ojalá... Ojalá llegue ese día. El día en que me diga que me quiere, que me desea, que me necesita tanto como le necesito yo a él."
Él sólo quería jugar. Jugar con ella, con sus sentimientos, con su deseo. Quería jugar con su mirada y sentirse mejor. Necesitaba que le miraran, llamar la atención de ella... Y de todas las posibles chicas que, como ella, se fijaran en él y no pudieran verle sin máscara. Él quería jugar, y lo hacía, con toda ella. Él lo hacía, y despreciaba aquel valioso, valiosísimo regalo que ella llevaba tiempo ofreciéndole: su corazón.
Dedicado a Cristina (Andrea).
-Él-
jueves, 2 de octubre de 2008
Esos ojos.
Esos ojos, la mirada... Lo que escondía aquella chica, aparentemente tapado por una máscara que no correspondía con su verdadero ser, aún estaba por descubrir.
En un momento, en un cruce de miradas quedé paralizado. De repente la música paró, las voces se apagaron y desapareció todo el mundo. En un segundo sentí la necesidad de entrar a través de aquellos ojos y leer, leer en su interior. Ella, aquella chica que conocía más bien poco, guardaba mucha tristeza y soledad.
¿Cómo es posible?, pensé. Pero la respuesta la imaginaba: conformismo, sumisión, monotonía, miedo a la soledad... Un conjunto de cosas que repiten un patron tan habitual en el corazón de una mujer, que ya casi te resulta familiar. Tristemente familiar.
Aquella chica guardaba muchas cosas buenas en su interior. ¿Sería consciente de las muchas cosas buenas que tenía? No era tan difícil hacerla sentir bien; no era complicado decírselo. Sólo sonreírla, acercarse y decirle "tienes algo, en tu interior, que debes explotar, ¿sabes? Sé como tú eres, siente lo que sientes y pide aquello que tu corazón necesitas. Y no te conformes con menos.
-Él-
En un momento, en un cruce de miradas quedé paralizado. De repente la música paró, las voces se apagaron y desapareció todo el mundo. En un segundo sentí la necesidad de entrar a través de aquellos ojos y leer, leer en su interior. Ella, aquella chica que conocía más bien poco, guardaba mucha tristeza y soledad.
¿Cómo es posible?, pensé. Pero la respuesta la imaginaba: conformismo, sumisión, monotonía, miedo a la soledad... Un conjunto de cosas que repiten un patron tan habitual en el corazón de una mujer, que ya casi te resulta familiar. Tristemente familiar.
Aquella chica guardaba muchas cosas buenas en su interior. ¿Sería consciente de las muchas cosas buenas que tenía? No era tan difícil hacerla sentir bien; no era complicado decírselo. Sólo sonreírla, acercarse y decirle "tienes algo, en tu interior, que debes explotar, ¿sabes? Sé como tú eres, siente lo que sientes y pide aquello que tu corazón necesitas. Y no te conformes con menos.
-Él-
Desde la historia del perrito.
Hola de nuevo.
Estos días de reorganización de ideas, nuevos proyectos y todo tipo de deseos están sacando cosas muy interesantes. Y del mismo modo estamos recibiendo vuestros comentarios -algunos en el blog, otros por correo y unos poquitos en persona- sobre el pequeño nuevo giro e inclusión de temas más "calientes", como el final de la historia de "La chica de los perros".
Al principio éramos escépticos sobre cómo podría encajar dentro del blog pero, en ese momento, pensamos... ¿Es que la mujer, además de cariño, de atender a los detalles y amor, no necesita también disfrutar? Sí, queridas amigas; la mujer necesita disfrutar, porque la mujer necesita todo. No valen sólo las caricias, ni sólo el sexo. La sensación más increíble es dar y recibir todo, porque ese todo hace que entregues tu ser completamente a una persona y, si te corresponde, recibes algo increíble. No, no hablamos de amor, ni de sexo; no hablamos de caricias, ni de lujuria. Es, como decía, un "todo" indescriptible. Difícil de conseguir, sí. Pero, ¿no merece la pena buscarlo? No te conformes con menos, querida amiga. ¿No estás de acuerdo conmigo?
-Él-
Estos días de reorganización de ideas, nuevos proyectos y todo tipo de deseos están sacando cosas muy interesantes. Y del mismo modo estamos recibiendo vuestros comentarios -algunos en el blog, otros por correo y unos poquitos en persona- sobre el pequeño nuevo giro e inclusión de temas más "calientes", como el final de la historia de "La chica de los perros".
Al principio éramos escépticos sobre cómo podría encajar dentro del blog pero, en ese momento, pensamos... ¿Es que la mujer, además de cariño, de atender a los detalles y amor, no necesita también disfrutar? Sí, queridas amigas; la mujer necesita disfrutar, porque la mujer necesita todo. No valen sólo las caricias, ni sólo el sexo. La sensación más increíble es dar y recibir todo, porque ese todo hace que entregues tu ser completamente a una persona y, si te corresponde, recibes algo increíble. No, no hablamos de amor, ni de sexo; no hablamos de caricias, ni de lujuria. Es, como decía, un "todo" indescriptible. Difícil de conseguir, sí. Pero, ¿no merece la pena buscarlo? No te conformes con menos, querida amiga. ¿No estás de acuerdo conmigo?
-Él-
jueves, 18 de septiembre de 2008
Una amiga mía
Una amiga mía sonríe, pero está triste.
Una amiga mía ríe, pero por dentro llora.
Una amiga mía quiere, pero no puede, porque no le dejan.
Una amiga mía busca cariño, amor, pasión, delicadeza, calor... Busca todo tipo de sensaciones pero no obtiene nada, porque nada encuentra y nadie le da lo que quiere, lo que necesita.
Esa amiga mía mira con unos ojos tristes, con un alma a la que le falta algo. Ella se agobia, se siente sola, triste, y piensa que nunca va a encontrar aquello que tanto ansía.
Pero mi amiga se equivoca. Ella merece mucho, lo merece todo, pero las ganas de dar también todo ciegan sus ojos y no ve... No ve que ese no es su camino.
Ella debe seguir a su corazón, pero éste necesita de su cabeza para guiarle y no caer en esa oscuridad en la que ahora anda.
Yo, amiga mía, quiero sacarte de ahí. Y tiendo mi mano y pongo mi corazón y mis ganas en ella para ayudarte a salir, para guiarte y para apoyarte, para evitar que caigas una vez tras otra y dejes de sufrir; para que te des cuenta de lo mucho, muchísimo que vales, de cómo te veo y valoro, y cómo el resto del mundo deberá valorarte como persona, como mujer y como todo lo que eres.
Sé consciente de quién eres, de lo que tienes y explota lo que vales. Porque es mucho. Y porque, por eso, eres mi amiga.
Mi amiga eres tú.
-Él.
Una amiga mía ríe, pero por dentro llora.
Una amiga mía quiere, pero no puede, porque no le dejan.
Una amiga mía busca cariño, amor, pasión, delicadeza, calor... Busca todo tipo de sensaciones pero no obtiene nada, porque nada encuentra y nadie le da lo que quiere, lo que necesita.
Esa amiga mía mira con unos ojos tristes, con un alma a la que le falta algo. Ella se agobia, se siente sola, triste, y piensa que nunca va a encontrar aquello que tanto ansía.
Pero mi amiga se equivoca. Ella merece mucho, lo merece todo, pero las ganas de dar también todo ciegan sus ojos y no ve... No ve que ese no es su camino.
Ella debe seguir a su corazón, pero éste necesita de su cabeza para guiarle y no caer en esa oscuridad en la que ahora anda.
Yo, amiga mía, quiero sacarte de ahí. Y tiendo mi mano y pongo mi corazón y mis ganas en ella para ayudarte a salir, para guiarte y para apoyarte, para evitar que caigas una vez tras otra y dejes de sufrir; para que te des cuenta de lo mucho, muchísimo que vales, de cómo te veo y valoro, y cómo el resto del mundo deberá valorarte como persona, como mujer y como todo lo que eres.
Sé consciente de quién eres, de lo que tienes y explota lo que vales. Porque es mucho. Y porque, por eso, eres mi amiga.
Mi amiga eres tú.
-Él.
lunes, 15 de septiembre de 2008
La chica de los perros, parte 4 y final (dedicado)
Entonces la besé. Y sentí algo tan intenso, tan cálido, que sin quererlo abrí los ojos igual que los abre un niño, despierto de repente, abrumado por una sorpresa, por una sensación nueva que no sabe cómo ni dónde catalogar. Símplemente, me abrumó. Ella, aquella chica que prácticamente acababa de conocer, era capaz de besar de una forma tal que todos los besos de mi vida, aquellos que otras chicas me habían dado, desaparecieron por completo de mi mente. Pero lo más impactante de aquello fue que ella, aunque sólo fue por un segundo, también se paró; se detuvo, como sintiéndose parte de la misma sensación, y después continuó con aquel suave presionar de sus labios contra los míos.
Yo había vuelto a cerrar los ojos para centrarme en las sensaciones que me embriagaban en ese momento, y casi me sobresalté al notar sus manos rodeando mi cintura. Ella tomó la iniciativa y yo, que quería cuidar aquello al detalle y no estropearlo soltando mis instintos más animales, dejé que hiciera.
Pasó las manos por mi espalda, arriba y abajo. Yo la abracé. Ella, al ver entonces su iniciativa correspondida, bajó las manos hasta donde la espalda pierde su nombre. En aquel sitio se entretuvo acariciándome, agarrándome, casi clavándome las uñas, para presionarme contra ella.
Aquella sensación me dio un poquito de reparo porque, como estaba "animado", me dejaba vendido ante lo que ella pudiera notar de mí.
Cuando el roce fue inevitable y ella percibió mi creciente calentón, sonrió sin separar los labios de los míos y sin abrir los ojos, como satisfecha, y comenzó a levantarme la camiseta. Yo levanté los brazos. Dejé que hiciera aquello porque, además de ser intensamente calenturiento, provocaría el desboque de mis instintos más sexuales.
Al quitarme la camiseta la lanzó al suelo; noté cómo uno de los perros -no sabía ni me importaba cual- se enzarzaba con ella, jugueteando.
Bajé mis manos recorriendo su perfil por ambos lados. Aquella cara tan dulce, tan suave, era una delicia. Llegué a la cintura y con una mano la rodeé, con fuerza, atrayéndola contra mi -ahora desnudo- torso. Ella se dejó hacer esta vez y eso me gustó. Así que decidí continuar besándola de nuevo, acariciándola con una mano la nuca mientras jugueteaba con la goma de su coleta para soltarle el pelo; con la otra mano me las apañé como pude para empezar a levantar su camiseta. Y ella, que vio que era un tanto complicado para un chico demasiado acelerado y un poquito patoso como yo, me susurró al oído:
- Es... Espera. Ya lo hago yo.
Se la notaba muy acelerada, como entrando en un estado de deseo y ansiedad por abalanzarse sobre su presa que, por suerte, era yo.
A unos centímetros de mí se empezó a levantar la camiseta con ambas manos, cruzando los brazos por delante de su esbelto cuerpo y sacándose la camiseta; las vistas no podían ser mejores. Llevaba una ropa interior deportiva y no pude evitar mirarla y, por supuesto, desear quitársela. Ella mi miró, se miró allá donde yo observaba y se pegó a mí.
- ¿Quieres que me lo quite? -dijo sonriéndome, casi rozando mis labios y mirándome primero a la boca y después a los ojos.
- S... Sí, claro que sí.
Se pegó completamente a mí mientras notaba cómo iba quitando las tiras del sujetador hasta llegar al punto en que sólo la presión entre su pecho y el mío lo mantenían en su sitio. No podía soportar el no sentirla así, sin nada de por medio, así que levanté la mano y, sin dejar de sonreirla mordiéndome el labio, tiré poquito a poco del sujetador hasta que, rozando ambos torsos, se separó de nosotros. El gesto le gustó, puesto que estaban completamente turgentes y sus mejillas se habían tornado de un rojo suave -lo que hacía que fuera más adorable si cabe-.
Cuando quise reaccionar noté cómo pasaba su mano por mi pantalón, deslizando arriba y abajo lentamente por la parte delantera, mientras la otra mano desabrichaba hábilmente el primer botón de los vaqueros que llevaba puestos. Me estaba poniendo realmente caliente y ya no podía aguantar más aquello.
Acaricié su espalda con la simple excusa de llegar a su culito y empezar a bajar sus ajustaditas mallas y dejarla a mi merced. Entonces ella me sorprendió metiendo la mano entre el pantalón y mi ropa interior; se me escapó un pequeño gemido y abrí los ojos de nuevo. Pude ver cómo su cara, de ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior -como cuando una niña pequeña disfruta de un rico y dulce helado que le acaba de comprar su padre y le pareciera el más rico del mundo-, disfrutando del momento. Ella tenía ganas, tantas como yo, de que nos tomáramos mutuamente.
Deslicé sus mallas hacia abajo y se las quité junto con la ropa interior. Ella entonces tiró de mis pantalones hasta eliminarlos de la ecuación que ambos formábamos e hizo lo mismo con los boxers que llevaba debajo. Tiró de mí hacia abajo y nos tumbamos sobre la hierba. A aquellas alturas ella podía notar perfectamente que estaba muy caliente -y yo también cómo ella estaba receptiva al acercarla entre sus piernas mientras nos tumbábamos.
Nos quedamos así durante unos segundos, mirándonos, y nos sonreimos. Aquello era bonito, realmente bonito, y no quería que acabara jamás. Deseaba tomarla en el parque y quedarnos así horas, días. Todo el tiempo que durara la eternidad.
Pero justo entonces se escucharon ladridos de perros a la entrada de nuestro peculiar fortín y, llamados por la naturaleza canina, nuestras mascotas respondieron con sendos ladridos. Oimos entonces cómo se acercaba gente, llamando a sus perros:
- ¡Roco, ven aquí! ¿Qué pasa? ¿Qué hay ahí?
Nos miramos, sorprendidos, y nuestras caras cambiaron por completo. Nos levantamos y empezamos a vestirnos a toda prisa mientras buscábamos cada prenda de ropa. Ella buscaba su camiseta y, al darme cuenta de que no la encontraba, dejé de vestirme y ayudé en la búsqueda. Pocos segundos después la localizamos colgada de una rama un poquito escondida. La alcancé, se la dí, y seguimos vistiéndonos.
En cuestión de unos segundos estábamos perfectamente vestidos, mientras notábamos cómo unas manos empezaban a separar los arbustos.
No pudimos evitarlo y nos miramos, más calmados ahora -una vez con toda la ropa colocada en su sitio- y me dijo, justo antes de que apareciera el dueño de uno de los perros por entre las ramas:
- ¿Esta noche me darás el resto del postre?
Le guiñé un ojo como confirmación y ambos miramos a la señora que empezaba a emerger de entre las ramas. Ella la saludó -debía conocerla del propio parque por coincidir con los perros durante los paseos diarios- y yo volví a mirarla. Con un poquito de suerte, además del postre podríamos compartir desayuno a la mañana siguiente.
Dedicado a Andrea.
-Él-
Yo había vuelto a cerrar los ojos para centrarme en las sensaciones que me embriagaban en ese momento, y casi me sobresalté al notar sus manos rodeando mi cintura. Ella tomó la iniciativa y yo, que quería cuidar aquello al detalle y no estropearlo soltando mis instintos más animales, dejé que hiciera.
Pasó las manos por mi espalda, arriba y abajo. Yo la abracé. Ella, al ver entonces su iniciativa correspondida, bajó las manos hasta donde la espalda pierde su nombre. En aquel sitio se entretuvo acariciándome, agarrándome, casi clavándome las uñas, para presionarme contra ella.
Aquella sensación me dio un poquito de reparo porque, como estaba "animado", me dejaba vendido ante lo que ella pudiera notar de mí.
Cuando el roce fue inevitable y ella percibió mi creciente calentón, sonrió sin separar los labios de los míos y sin abrir los ojos, como satisfecha, y comenzó a levantarme la camiseta. Yo levanté los brazos. Dejé que hiciera aquello porque, además de ser intensamente calenturiento, provocaría el desboque de mis instintos más sexuales.
Al quitarme la camiseta la lanzó al suelo; noté cómo uno de los perros -no sabía ni me importaba cual- se enzarzaba con ella, jugueteando.
Bajé mis manos recorriendo su perfil por ambos lados. Aquella cara tan dulce, tan suave, era una delicia. Llegué a la cintura y con una mano la rodeé, con fuerza, atrayéndola contra mi -ahora desnudo- torso. Ella se dejó hacer esta vez y eso me gustó. Así que decidí continuar besándola de nuevo, acariciándola con una mano la nuca mientras jugueteaba con la goma de su coleta para soltarle el pelo; con la otra mano me las apañé como pude para empezar a levantar su camiseta. Y ella, que vio que era un tanto complicado para un chico demasiado acelerado y un poquito patoso como yo, me susurró al oído:
- Es... Espera. Ya lo hago yo.
Se la notaba muy acelerada, como entrando en un estado de deseo y ansiedad por abalanzarse sobre su presa que, por suerte, era yo.
A unos centímetros de mí se empezó a levantar la camiseta con ambas manos, cruzando los brazos por delante de su esbelto cuerpo y sacándose la camiseta; las vistas no podían ser mejores. Llevaba una ropa interior deportiva y no pude evitar mirarla y, por supuesto, desear quitársela. Ella mi miró, se miró allá donde yo observaba y se pegó a mí.
- ¿Quieres que me lo quite? -dijo sonriéndome, casi rozando mis labios y mirándome primero a la boca y después a los ojos.
- S... Sí, claro que sí.
Se pegó completamente a mí mientras notaba cómo iba quitando las tiras del sujetador hasta llegar al punto en que sólo la presión entre su pecho y el mío lo mantenían en su sitio. No podía soportar el no sentirla así, sin nada de por medio, así que levanté la mano y, sin dejar de sonreirla mordiéndome el labio, tiré poquito a poco del sujetador hasta que, rozando ambos torsos, se separó de nosotros. El gesto le gustó, puesto que estaban completamente turgentes y sus mejillas se habían tornado de un rojo suave -lo que hacía que fuera más adorable si cabe-.
Cuando quise reaccionar noté cómo pasaba su mano por mi pantalón, deslizando arriba y abajo lentamente por la parte delantera, mientras la otra mano desabrichaba hábilmente el primer botón de los vaqueros que llevaba puestos. Me estaba poniendo realmente caliente y ya no podía aguantar más aquello.
Acaricié su espalda con la simple excusa de llegar a su culito y empezar a bajar sus ajustaditas mallas y dejarla a mi merced. Entonces ella me sorprendió metiendo la mano entre el pantalón y mi ropa interior; se me escapó un pequeño gemido y abrí los ojos de nuevo. Pude ver cómo su cara, de ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior -como cuando una niña pequeña disfruta de un rico y dulce helado que le acaba de comprar su padre y le pareciera el más rico del mundo-, disfrutando del momento. Ella tenía ganas, tantas como yo, de que nos tomáramos mutuamente.
Deslicé sus mallas hacia abajo y se las quité junto con la ropa interior. Ella entonces tiró de mis pantalones hasta eliminarlos de la ecuación que ambos formábamos e hizo lo mismo con los boxers que llevaba debajo. Tiró de mí hacia abajo y nos tumbamos sobre la hierba. A aquellas alturas ella podía notar perfectamente que estaba muy caliente -y yo también cómo ella estaba receptiva al acercarla entre sus piernas mientras nos tumbábamos.
Nos quedamos así durante unos segundos, mirándonos, y nos sonreimos. Aquello era bonito, realmente bonito, y no quería que acabara jamás. Deseaba tomarla en el parque y quedarnos así horas, días. Todo el tiempo que durara la eternidad.
Pero justo entonces se escucharon ladridos de perros a la entrada de nuestro peculiar fortín y, llamados por la naturaleza canina, nuestras mascotas respondieron con sendos ladridos. Oimos entonces cómo se acercaba gente, llamando a sus perros:
- ¡Roco, ven aquí! ¿Qué pasa? ¿Qué hay ahí?
Nos miramos, sorprendidos, y nuestras caras cambiaron por completo. Nos levantamos y empezamos a vestirnos a toda prisa mientras buscábamos cada prenda de ropa. Ella buscaba su camiseta y, al darme cuenta de que no la encontraba, dejé de vestirme y ayudé en la búsqueda. Pocos segundos después la localizamos colgada de una rama un poquito escondida. La alcancé, se la dí, y seguimos vistiéndonos.
En cuestión de unos segundos estábamos perfectamente vestidos, mientras notábamos cómo unas manos empezaban a separar los arbustos.
No pudimos evitarlo y nos miramos, más calmados ahora -una vez con toda la ropa colocada en su sitio- y me dijo, justo antes de que apareciera el dueño de uno de los perros por entre las ramas:
- ¿Esta noche me darás el resto del postre?
Le guiñé un ojo como confirmación y ambos miramos a la señora que empezaba a emerger de entre las ramas. Ella la saludó -debía conocerla del propio parque por coincidir con los perros durante los paseos diarios- y yo volví a mirarla. Con un poquito de suerte, además del postre podríamos compartir desayuno a la mañana siguiente.
Dedicado a Andrea.
-Él-
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