jueves, 1 de noviembre de 2012

Colabora con Intense

Hay bastantes lectoras (y algunos lectores que ya tenemos entre nuestras filas de fans también) que nos preguntan si pueden enviarnos alguna historia; la mayoría dice que les da verguenza compartirlo. Pero esa no es la idea. Porque este es vuestro rincón, el lugar donde podéis compartir todas las historias intense que queráis, ya sean vuestras fantasías o, quién sabe, reales.
Siempre que queráis leeremos vuestros textos y, si queréis, incluso podríamos publicarlos en el blog bajo vuestro nick favorito (o como anónimo, a vuestra elección).

Así que animaros, queridas y queridos seguidores, porque esta es vuestra casa. Será un placer poder leer vuestras historias y momentos más Intense.

Besos.

- Él -

Actualizaciones

Hola, amigas y lectoras.
Hace poco empezamos a cambiar nuestro blog y el proyecto para hacer cosas nuevas e interesantes. Y con los primeros cambios están llegando las sorpresas.
Para empezar, el segundo país que más nos sigue después de España es Estados Unidos. ¡Hola lectoras y amigas del otro lado del gran charco! ¡Es un placer contar con vosotras!
Por otro lado, ha subido el número de visitantes desde otras plataformas, teniendo ya una pequeña comunidad de lectoras habituales que entran al blog a través de su PSP. ¡Muchas gracias por compartir vuestro tiempo en este rinconcito!

Pronto, más noticias.
- Ella y Él -

El baño del tercer piso

Hoy nos envía un texto Arin, una lectora que quiere compartir una historia bastante "intense". Aquí os la dejamos para vuestro deleite. ¡Y no olvidéis comentar!
Besos,
- Èl -

El baño del tercer piso


Aquella mañana ambos pensamos que ir a clase no era mejor opción que estar el uno con el otro. No eran ni las ocho y no había salido el sol aún. Como consecuencia de esto hacía algo de frío, el suficiente como para que decidiéramos refugiarnos entre las cálidas paredes de su facultad. Cogidos de la mano nos recorrimos todo el edificio mientras el explicaba la localización de cada lugar importante, como la biblioteca, la cafetería, el comedor, la reprografía... A mí se me antojaba una estructura laberíntica, casi incomprensible, pero él me guiaba de la mano con su infinita paciencia y su eterna sonrisa y yo me dejaba llevar y sonreía, contagiada.
Me enseñó su clase y después subimos al tercer piso donde nos sentamos en un banco del pasillo enfrente de las escaleras que acabábamos de subir. Era tan temprano que el largo corredor se encontraba totalmente desierto. Acurrucados en el asiento comenzamos a entablar conversaciones triviales, tan comunes que ya no recuerdo de qué trataban. Tampoco sé cómo él acabó diciendo:
-¿Te acuerdas de aquel baño de mi facultad que te dije en el que nunca entraba nadie? -preguntó con una sonrisa pícara. Sonreí adivinando sus pensamientos.
-Sí -contesté bajando la mirada.
-Y... -susurró en mi oído-, ¿te acuerdas de que te comenté que una de mis fantasías era...?
Sí, me acordaba. Me di cuenta enseguida de que, con mucho disimulo y descaro, me había conducido hasta una trampa, como un ratón que puede quedar atrapado en una ratonera por un trozo de rico queso.
-Sí, me acuerdo -contesté inocentemente, preguntándome a mí misma si sería capaz de dejarme atrapar por ese suculento queso.
-Pues el baño es ese de ahí -comentó poniéndose de pie y señalando con un gesto de su cabeza a los aseos pegados a la escalera, sin dejar de sonreír.
Por supuesto, yo ya había adivinado ese pequeño detalle. Me fijé bien en los baños. Aunque no habían carteles que señalizaran el género al que pertenecían, uno de los cuartos tenía los azulejos de color azul (por lo que deduje que era el de hombres) y el otro naranja (por exclusión, el de mujeres).
Él tendió su mano delante de mí, con esa sonrisa suya tan atractiva, y yo se la cogí como hipnotizada pero con ganas de reír. Al colocarme de pie frente a él, puso sus manos en mi cintura pegando su cuerpo al mío y me besó apasionadamente. Yo respondí a su beso sintiendo que sus ganas eran también las mías. Al separarnos miré sus ojos color chocolate y me sentí insignificante y pequeña a su lado: era la intensidad con la que su mirada gritaba «¡te deseo!» la que me intimidaba así. Mi mente, mi cuerpo y mi alma gritaban «¡Tú también lo deseas!», pero mi cabeza me advertía de forma sensata «Esto es una locura» y fueron esas las palabras que salieron de mi boca.
-Espera, podría venir cualquiera.
Me volvió a besar con la misma intensidad.
-No va a venir nadie.
-Esto es una locura. Tú estás loco.
-Estoy loco por ti-. Y fueron sus labios, apretados contra los míos, su lengua, que recorría mi lengua apasionadamente, su cuerpo, su calor, sus manos, que nunca me dejarían ir… Fueron todas esas cosas las que me hicieron reaccionar.
En ese momento lo todo muy claro. «¡Qué carajo!» , pensé, «Vale la pena morir por ese trozo de queso». Y a la señal de mi sonrisa me guiñó un ojo y, después de mirar bien hacia ambos lados del pasillo para asegurarse una vez más de que no había nadie, me tomó por el brazo y los dos nos metimos apresuradamente en el baño azul.
Nos encerramos en el cubículo más amplio de los dos retretes que había y cerramos rápidamente la puerta con el cerrojo. Miramos a la puerta conteniendo el aliento y nos miramos.
Una parte de mí estaba segura de que aquello era una locura. La otra parte de mí estaba segura de que era una de esas locuras que sólo ocurren una vez en la vida y se recuerdan para siempre. Y supe que desde aquel momento, él iba a estar siempre en mi mente.
A partir de ese instante quedé convencida. Ya estaba dentro, dispuesta a hacer con él lo innombrable en aquel lugar prohibido. Me dejé llevar por la emoción y aquel vasto retrete se convirtió para mí en el templo del morbo. Sentí muchas cosas en ese momento que nunca le dije, porque la regla general era no romper el silencio: en caso de que viniera alguien no era adecuado que nos descubrieran.
Soltamos a la vez nuestras mochilas en el suelo y nos acercamos para besarnos con pasión. Me colocó contra la pared mientras nuestras lenguas luchaban ferozmente en un beso húmedo y nuestras manos leían el cuerpo del otro. Las de él agarraron firmemente mi trasero empujándome contra su cuerpo y las mías correspondieron clavándose en su espalda. Notaba su excitación desde su pantalón hasta mi pubis así que bajé mi mano derecha para dejarle claro lo que quería. Localicé fácilmente su miembro y lo acaricié incitando a un contacto directo. Su respuesta fue muy rápida y su mano también bajó a mi entrepierna. Yo reprimí un gemido y en un momento de debilidad dejé que él me tocara por todas partes mientras yo estaba cada vez más ansiosa. Mientras me besaba el cuello y el escote fue retirando un poco el sujetador para que su lengua pudiera llegar a mis pechos. El contacto de su lengua húmeda en mi pezón me volvió loca. Me lancé a desabrocharle el cinturón mirándole a los ojos e intentando decirle con la mirada: «No aguanto más. La necesito dentro. AHORA». Y él captó mi mensaje enseguida.
Cuando ya había separado el cierre de su cinturón, él estaba bajándome los pantalones. Saqué solo una pierna, lo suficiente para que saliera la tanga y para vestirme después rápidamente en caso de huída. Después sus dedos buscaron mi clítoris por encima de la fina tela de seda de mi ropa interior y yo estaba tan caliente que volví a tocar su sexo, esta vez soltando un jadeo apenas audible junto a su oreja. Esto tuvo mucho efecto ya que metió su mano para rozarme directamente la piel casi con ansia. Lejos de pararme a disfrutar de aquel dulce contacto, sus dedos despertaron todas las ganas de sexo que tenía y que podría tener así que lo separé de mí, le bajé los pantalones y me arrodillé para besarle por encima de sus bóxers. Él colocó una de sus manos en mi cabeza y supe que eso le gustaba, pero también supe que quería más. Saqué su miembro por encima de sus calzoncillos, ya totalmente erecto, para pasar mi lengua por él, lenta y sensualmente, mientras le miraba desde abajo con una pícara sonrisa. No estuve así mucho rato, porque él mismo me levantó y se agachó, me retiró la tanga, me abrió las piernas y comenzó a pasar su lengua por mi clítoris.
Noté que mi respiración se aceleraba y el placer era tal que tuve que meterme el dedo índice en la boca y morderlo suavemente para no gritar. Ese gesto, igual le encantó. Sus labios fueron ascendiendo en una escalera de besos apasionados por mi abdomen y mi pecho hasta llegar a mi pálido cuello, donde me mordió con suavidad mientras pegaba todo su cuerpo al mío. Lo conduje hasta el retrete (afortunadamente limpio) e hice que se sentara… para luego sentarme yo encima, cara a él. Esta vez tenía yo el mando, así que cogí su sexo y lo introduje dentro de mí. Después de ese momento, ambos enloquecimos. No hace falta relatar los detalles: basta decir que fue tan frenético como planeado, tan dulce como violento, tan morboso como prohibido, tan especial como siempre. Yo, agarrada a su cuello y moviendo mi pelvis rítmicamente sobre él, jadeando en su oído y tirándole por el pelo sin llegar a hacerle daño. Él, con sus manos en mis nalgas, dándome el ritmo y todo el amor, penetrándome ferozmente mientras me besaba por todas partes a donde su boca llegaba. Nos miramos a los ojos y dijimos todo aquello que el silencio ocultaba para no morir. Y sonrió.


De repente, me cogió en peso para colocarme de pie y me puso cara a la pared, empotrándome contra ella, situándose tras de mí. Y mientras me la iba metiendo despacio por detrás sus manos me tocaban todo el cuerpo. En el momento del orgasmo, el orgasmo más silencioso que he tenido nunca, cuando mis uñas resbalaron por los azulejos azules y mi cuerpo se estremeció de pies a cabeza, él aprovechó para terminar dentro de mí, abrazándome la cintura y soltando una respiración muy profunda, como modo de represión de su último gran gemido, para después besarme en mi boca entreabierta, la puerta de ningún sonido.
Cuando acabamos nos vestimos apresuradamente y él abrió la puerta para ver si había alguien fuera. Con un gesto me indicó que saliera rápido. Una vez en el pasillo respiré tranquila. Nadie. Absolutamente nadie. Nos miramos sonriendo y, aunque ya no había ninguna duda de lo enamorada que estaba de él, pensé en decirle “te quiero”.
-Te amo -susurró él adelantándose  mientras me besaba en la frente sonriendo.
-Yo a ti más -sonreí. Y agarrados por la cintura abandonamos el tercer piso, donde hay un baño que vio mucho, escuchó poco y que, sobre todo, nunca dirá nada, compartiendo así un secreto único entre él y yo.

- Arin.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Maletas y trenes

...
Y pasaste a mi lado. Te veía acercarte desde donde estaba apoyado en la pared mientras se oía aún el pitido que avisaba del cierre de puertas del tren. Miré tú llamativo pelo color rojizo mientras girabas ep cuello para, por un segundo, cruzarse con mi mirada. No pude evitar sonreír al verte dar cortos pasitos para colocarte de pie en el vagón junto con la maleta de la que tirabas. La dejaste en el rincón, más o menos estable, y comenzaste a recorrer el vagón buscando un sitio.
Entonces pasaste a mi lado y un nuevo cruce de miradas tuvo lugar. Asombrado por la hermosura de tu cara y la cercanía de tu cuerpo aspire profundamente sin darme ni cuenta y tu dulce olor penetro mis pulmones hasta llegar al corazón. ¿cómo podías oler tan bien? Embriagado, suspire tan profundamente que te diste cuenta. Y medio segundo después la maleta cayó con un golpe seco al otro lado del vagón. ¿quién diría que ese instante causaría todo aquello después? ¿o quizá fue la sonrisa que me regalaste cuando te ayudé a levantar el equipaje?
...

-él-

miércoles, 7 de marzo de 2012

Volver...

Con la publicación del último proyecto, pronto nos embarcaremos en uno nuevo. En él, recopilaremos las mejores historias de intense para que algunas de las mejores y más apasionadas ilustradoras den forma y color a esos momentos tan especiales.

Recuerda que puedes unirte a nuestro club de amigas en tuenti y seguiremos a través de facebook.

Un beso.
- Él -

domingo, 29 de enero de 2012

La calle de los recuerdos

Fría y solitaria noche de invierno es esta en la que, andando por la calle, tanto te echo de menos.
Cada rincón, árbol, cada luz...todo trae a mi cabeza las veces que hemos recorrido estas calles cogidos de la mano, sin soltarla ni un momento, ni siquiera cuando algún árbol quería separarnos metiéndose en medio. Una y otra vez caminando los dos, juntos.cada paso grabado a fuego y marcado que ahora me recuerdan a tí. Te echo tanto de menos...

- Él -

jueves, 26 de enero de 2012

Pasa la época de los vampiros

Después de tantos años con las librerías y los cines llenos de vampiros, parece que la época esta pasando. Ahora los autores tendrán que enlazar el romanticismo con otro tema. ¿Cuál crees que será?

-Él-

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Ojos? Mejor mirada...

[...]
Todos decían siempre que ella tenía unos ojos preciosos: su forma, igual que una almendra; su color, brillo y profundidad; su tamaño, grandes y expresivos... Expresivos, esa era la clave. Porque lo mejor y más bonito de sus ojos no era nada de lo anterior, sino la mirada en sí, la forma en que los usaba para expresarse.
Dejando ver cómo era en su interior sus ojos hablaban cada vez que te miraba, haciéndote estremecer con uno de esos escalofríos que recorren la nuca de un hombre cuando mira a una mujer especial. Y ella lo era, eso saltaba a la vista.

Aquella noche estaba especialmente guapa, aunque no llevara ninguna prenda escandalosamente sexy ni nada nuevo. Simplemente vestida como ella misma era, sin tapar ni exagerar, era como más hermosa estaba. Y parece mentira que, pese a los esfuerzos que generalmente algunas mujeres hacen por sentirse y mostrarse bellas, tan sólo sacando su interior más sincero a la vista conseguía la clave para explotar su belleza al máximo.

Aunque no podía ser... No podía ser posible que cada vez que hablaba con ella me perdiera en su mirada; no debía ser posible caer en esos ojos en los que uno podía observar hasta su misma alma y embobarse, hipnotizado, durante horas. Era imposible no caer en aquella mirada tentadora y dulce que te decía "acércate" para atraparte y jamás dejarte escapar. Y cuando un hombre cede, casi siempre voluntariamente a ese dulce, raramente consigue sobreponerse y recuperar la cordura, porque hay miradas que te vuelven loco; loco para siempre. Pero un loco enamorado, al fin y al cabo. ¿Y hay algo más bonito que eso?

- Él -

lunes, 12 de septiembre de 2011

Noche en la piscina del hotel

Él y yo estábamos en nuestras vacaciones de verano. El hotel donde nos alojábamos era pequeño, modesto, pero no necesitábamos más; nos teníamos el uno al otro. Y aunque las vacaciones se supone que son para descansar, lo cierto es que no nos habíamos separado ni un sólo segundo desde que soltamos las maletas y cerramos la puerta, nada más llegar.

Era de noche; una noche cerrada, oscura por la ausencia de luces en los alrededores del edificio. Quizá también la falta de clientes por lo retirado del lugar hacía que fuéramos pocos los que nos alojábamos allí, pero el encanto era indiscutible. Incluso con tan poca luz y el mar cerca una se sentía relajada, lejos de la tensión que suele venir desde la gran ciudad y que lleva unos días olvidar.
Paseábamos juntos, cogidos de la cintura. Él vestía un pantalón corto y camiseta, con zapatillas deportivas; yo llevaba una camiseta de tirantes, una pequeña falda que le encantaba y una chaqueta finita contra el fresquito nocturno. Los dos llevábamos el bañador debajo por si nos apetecía darnos un baño en la playa, de noche. Pero aquel día no surgió y volvimos al hotel tras un rato de mirar las olas ondear sobre la superficie del mar a la luz de la luna llena.
Cuando entramos en el recinto del hotel, él se paró.

- ¿Qué pasa?
- Nada. Es sólo que... -se puso detrás de mí y, abrazándome, señaló la piscina que se entreveía por el lateral de la fachada del hotel y abarcaba casi toda la zona trasera del recinto- ¿Te has fijado cómo el agua está completamente en calma, como si fuera un espejo?
- Sí. Es bonito. -dije, cogiéndole de las manos.
- ¿No dan ganas de meterse en el agua?
Mientras terminaba esta frase, una de sus manos retiraba el pelo de mi cuello.
- Pues... -comenzó a besarme en el cuello muy, muy despacito-. Pues sí, la verdad es que... Sí que dan ganas de meterse en el agua. Pero la piscina está... -mi respiración se volvía más profunda a medida que sus besos eran más largos y sensuales-. La piscina está cerrada y no hay nadie.
Paró de besarme y susurró a mi oído:
- ... Por eso.

Me dí la vuelta y ví sus ojos penetrando en los míos; leí en su cara esa sonrisa cuyo mensaje tanto me gustaba, y no pude evitar sonreirle mientras ponía un mechón de pelo tras la oreja para verle mejor, y porque sabía que aquel gesto le volvía loco.
Le dí la mano para que él me guiara. La cogió dulcemente y me llevó a la piscina, que se escondía tras unos pequeños árboles entre los que era fácil pasar... Y que te vieran.

- ¿Has traído el bañador? -dijo, quitándose las zapatillas.
- Sí, claro.
- Yo no -al decir esto volví a ver cómo sonreía justo antes de quitarse la camiseta. Estaba segura de que lo tenía todo planeado; quería llevarme allí y había esperado el momento oportuno y la noche perfecta para hacerlo-.

Alcancé a ver cómo se metía entre los árboles y miraba el agua justo desde el borde de la piscina. En aquella posición la luna dibujaba el perfil de su cuerpo perfectamente, marcando su silueta en un sensual color negro. Dejó su pantalón corto a un lado, se giró para mirarme y, justo antes de dejarse caer en la piscina, dijo:

- Te espero en el agua.

Me quité la chaqueta y dejé caer la falda mientras me acercaba a él; al llegar al bordillo me quité la camiseta y la lancé hacia atrás. Me senté allí con las piernas dentro del agua, que estaba un poco fría. Justo en ese momento emergió él, separó mis piernas con delicadeza y se quedó mirándome mientras sonreía.

- Que, ¿no te metes? Está buenísima.
- Sí, pero está un poco fría.
- Ven conmigo; te garantizo que conmigo no vas a tener nada de frío.

Me deslicé, entrando poco a poco en el agua por el pequeño hueco que él me dejaba entre la pared de la piscina y su cuerpo. Mientras entraba en el agua, además de sentir el frío, notaba cada forma de su cuerpo, desde el pecho hasta los pies. Pero como sabía lo que pretendía, no iba a quedarme de brazos cruzados: saqué pecho discretamente y le rocé el torso con él. Esto era juego de dos y no iba a dejarme ganar así como así. Me sumergí completamente para mojarme el pelo y, al subir, me encargué de volver a rozarme con él y noté cómo respiraba hondo; le había gustado.

- Vaya, una preciosa sirena acaba de salir del agua.
- Qué tonto eres -dije, sonrojándome-.
- Tú me pones tonto, ¿sabes?
Diciendo esto se pegó a mí, empujándome poco a poco contra la pared de la piscina y acercándose a mí para besarme. Justo antes de hacerlo ví cómo cerraba los ojos y entreabría un poco los carnosos labios que tenía. Los cerré también y nos besamos. Estuvimos saboreando nuestros labios durante segundos, minutos... Perdí la noción del tiempo. De repente noté que algo tiraba del nudo de mi bikini, lo desató y este quedó flotando en el agua; sin dejar de besarme, lo cogió y lo retiró, lanzándolo fuera del agua.
Sus manos bajaron poco a poco por mis hombros, después por mis brazos hasta las caderas, y uno de sus brazos me rodeó la cintura. Me apretó contra él y yo, para demostrarle que iba en serio también, enrollé las piernas alrededor de su cadera. Notaba cómo cada segundo crecía su excitación e, instintivamente, empezaba a moverse rítmicamente sobre mí.
Pasó su mano por mi nuca mientras me besaba en los labios; giró mi cuello un poquito y siguió por él, deleitándose milímetro a milímetro con mi piel mientras avanzaba hacia el hombro.
La otra mano, traviesa, se perdió en mi cintura y empezó a bajar hacia la cadera, bajando la parte inferior del bañador. Solté mis piernas para que me lo pudiera quitar. Y quedó allí abajo, en el agua, perdido. Volví a enrredarme con él; ahora estábamos los dos completamente desnudos. No había nadie, todas las luces de las habitaciones estaban apagadas; la luna llena iluminaba el agua y nuestros cuerpos desnudos no podían estar más juntos. Ambos nos deseábamos con pasión.
Con una mano le acaricié la espalda y, con la otra, me mantenía sujeta a su fuerte cuello, sin parar de besarle. Noté cómo una de sus manos acariciaba mi muslo por la zona exterior... Y poco después pasaba a la interior. Empezó a tocarme con esa suavidad y ritmo que sabía que me gustaban; dejé escapar un pequeño gemidito, que tuvo una intensa reacción en su cuerpo. Unos minutos después podíamos escuchar cómo el agua seguía el vaivén de nuestros cuerpos y así estuvimos, perdiendo la noción del tiempo, mientras la respiración de los dos se perdía en el eco de las olas del mar. En un momento imposible de situar en el tiempo, la luz de una de las habitaciones se encendía y el sol aclaraba el cielo desde el horizonte, donde cielo y mar se juntan y forman un sólo ser.

- Él -

Post número 100

Hoy estamos de celebraciones: por un lado, nuestro grupo de fans oficial en Tuenti de Intense Sensations reúne más de 50 lectoras y amigas, así que nada como publicar nuestro post número 100 para celebrarlo y daros las gracias a todas las que hacéis posible que este proyecto siga adelante. Ha habido muchos cambios en los últimos meses, cambio de ciudad, de casa, de vida... Y ya casi estamos listos para volver al día a día. Seguimos recibiendo e-mails -escribimos más e-mails que posts desde hace tiempo- pero queremos que haya nuevas historias Intense.
Animaos y enviadnos más situaciones sobre las que queráis que escribamos.

Sed felices.

- Él -